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Por todos los huevos



Me regalaron un huevo de avestruz. Aparte de que es la célula más grande del mundo (y esta frase por alguna razón me hace pensar de inmediato en las diatomeas y sus cuerpos fantásticamente geométricos), es un objeto que para mí tiene ecos de un mundo encantado, de cuando vivía en un gabinete de curiosidades y no lo sabía; de cuando navegaba en las cámaras de un Nautilius y yo misma era “Nadie”, en romántico anarquismo. 



Más específicamente, me recuerda la lectura de El tigre en la vitrina y la casa de mi tío-abuelo, que tenía una espaciosa biblioteca de dos pisos, con grandes mesas para desplegar todo lo que se estaba investigando al momento, y un apartamento privado en esa ala de su mansión, para las investigaciones muy comprometidas. En su laboratorio en el sótano, el tío-abuelo estudiaba el crecimiento de algas unicelulares, entre enormes retortas y matraces de vidrio, llenos de distintas tonalidades de verde, iluminadas luces fantasmales. Había también un armario lleno de chocolates de todas las partes del mundo: mi tío-abuelo, que era un sabio, comía un trozo grande cada noche, y cada vez que lo visitábamos nos ofrecía, recordándonos que el chocolate amargo era bueno para los dientes; y además, conocía el remedio infalible contra el hipo. En su mesa, los almuerzos eran formales, las manos enguantadas legendariamente retiraban demasiado pronto el plato de mamá, privándola de lo que más le gustaba de niña, lo que había guardado para el final. En el jardín crecía y cargaba la única planta de Yaboticaba del país. Y en el salón, por supuesto, había un huevo de avestruz. Siempre quise tener mi propio huevo de avestruz, y secretamente esperaba heredarlo; en su lugar recibí la Enciclopedía Treccani, que es una maravilla interminable (como el huevo), y de la cual saltaban como naipes trucados, fotos con dedicatoria en blanco y negro, de hermosas rubias a punto de tomar un tren.



Ahora estoy pensando que me hace falta un huevo de emu. 





Sobre el orden y la óptica


¿Mi casa es ordenada o no? Lo que pasa es que estoy encaramada en varias capas arqueológicas, yo por lo general, partiendo de tabula rasa, soy bastante ordenada. O por lo menos, clasifico con criterio científico, salud Carolus Linnaeus. Me pregunto si es un valor social o arquetipal, natural. Sasha viene a mi casa a desayunar arepitas tamaño morocota, muy apropiadamente llega con mis mismas piyamas, como si lo hubiésemos hecho a propósito, una de rosa y la otra de azul, Megelas; y me recuerda el movimiento de rotación del óvulo cuando es alcanzado por la saeta más centrada y la multiplicación regular en la mórula y su desarrollo, me recuerda la espiral perfecta del ADN ordenando la memoria y toda la química orgánica; la cristalización ordenada de los elementos químicos… Dios artista y creador comienza su creación con un movimiento de ordenación de los elementos. Así las mujeres, al barrer el patio de mañana, ordenan el mundo.
 

Entonces cuando tengo que salir, no encuentro las llaves del carro. Pierdo un montón de tiempo buscando las llaves del carro, que no aparecen por ninguna parte. Sé que las usé esta misma mañana, muy temprano, así que deben estar en la casa. Busco en los lugares más obvios. En la sala, en la cartera, en todas las carteras. En el sofá, debajo de los cojines. Los duendes esta vez se pasaron. Muevo todo. Con las llaves de repuesto, controlo que no estén dentro del carro o la maleta. Nada. Vuelvo a pasar revista a todas las carteras. Busco en los lugares ilógicos, en el baño, en la terraza, en la nevera (se han visto casos), en el cuarto de la plancha. Nada. Me rindo, soy un desastre, la más desordenada, no tengo remedio.
Entonces me llama Sasha: mis llaves están en la óptica adonde ella fue a arreglar sus lentes después de desayunar en mi casa. 


Pájaros por libros

 
Salgo a comprar más libros, como si no tuviera suficientes, muchos aún sin leer. Y los compro. Y mientras regreso a casa, bien apertrechada como si se avecinara el invierno siberiano, pienso: ¿para qué?

¿Para qué seguir comprando libros, si ya siento tan cerca el aliento de la separación, acompañándome, obligándome a evaluar de qué y quiénes quiero despedirme? La muerte está a la vuelta de la esquina y ni siquiera podré legar mi biblioteca, pues en rigor la cantidad de libros que tengo no hacen una colección: pues para hacer una colección, una biblioteca, un museo, es menester una intención, orden y concierto, un catálogo. Mis libros se amontonan sobre las mesas, sobre las sillas, sobre la alfombra en dos filas de columnas que continúan elevándose, sin terminar de definir órdenes, taxonomías, un índice temático o por autor o procedencia geográfica. Hay cajas de cartón debajo de las mesas y detrás de los sillones, con más libros que me han regalado últimamente los que se mudan, los que parten (mi hermana me dice, atónita: Y tú, ¿los aceptaste?). Ni siquiera me atrevo a llamarlos “mis libros”: como si fueran gatos, como si fueran aves cuyo mejor destino es volar libres. Libros libres. Lo que tengo no es una biblioteca, sino un aviario.

Y es así que, sin embargo, este libro, y este, y aquel otro, me parecen imprescindibles para ampliar una idea, un tema que me interesa. Como ramificaciones infinitas de un árbol fractal, buscando coincidencias, puntos de contacto. Eso: un árbol fractal en que cantan los pájaros del conocimiento (del bien y del mal).

¿Por qué, entonces, seguir comprando libros? ¿Para qué leerlos, acumular conocimientos que como sus páginas se quedarán atrás, peor que sus páginas no se dispersarán sino desaparecerán, como lágrimas en la lluvia? ¿De qué sirven una experiencia más, una emoción repetida, otro pensamiento, nuevas lecturas? Todo desaparecerá.

Sí, todo se perderá en el viento; pero tengo la absurda esperanza de que toda esta vida, mineralizada, al disolverse en polvo y cenizas, volverá a impregnar la tierra, mi ADN fecundará las nuevas semillas, formará parte de la próxima vida.

EL VIAJE



El sábado es el día predilecto para esta actividad. Después de una rápida visita a Extrañas notas de laboratorio de Vila-Matas, un solo artículo que me llevó de regreso a la Barcelona que viví y que se superpone a la primera Barcelona que conocí en el año 1989 –porque no hay quien pueda decir dónde exactamente comienza el viaje: surge de una serie de pasos que más parecen desvarío de internacional situacionistas, y de pronto se define el  rumbo y arranca un viaje que viene, sin que lo sepamos bien, de varios pasos más atrás—comencé con un librito comprado sin saber nada de él, en un sitio que además no es una librería, y que me ha producido agradables sorpresas: Pasiones Literarias, en que Monica Monteys reúne una serie de charlas dictadas en la Alianza Francesa de Barcelona en verano del 2000 (lo que parece un buen comienzo, pues en esa fecha ya vivía allí, a pesar de que no supe de este ciclo de charlas), por diversos autores y a propósito de diversos libros, serie que abrió Carmen Martín Gaite con Cumbres Borrascosas, aunque este segmento no fuera recogido en el libro porque su autora tuvo a bien morirse justo antes de la publicación del libro.
El último capítulo, escrito precisamente por la editora, se titula La melancolía de la pasión, y gira en torno a El jardín de los Finzi-Contini, de Giorgio Bassani. Pronto llega esta frase: “Yo creo que uno de los vínculos más estrechos y duraderos –y añadiría incluso más duraderos—es el que se construye sobre lo que es fingido, sobre lo que nunca ha existido”. Toda la atmósfera alrededor de la pasión no cumplida y el territorio de la memoria –único espacio en que se permanece a salvo—y la dulzura del epígrafe, que a su vez proviene de I promessi sposi, (Es cierto que el corazón, para quien sigue sus consejos, siempre tiene algo que decir sobre lo que vendrá. Pero ¿qué sabe el corazón? Apenas un poco de lo que ya ha sucedido.), me llevan a buscar Il giardino dei Finzi-Contini, edición de Einaudi (pues el placer de la lectura está asociado al placer sensorial del objeto libro, por lo que cada edición produce un libro diferente, al igual que distintos intérpretes nos entregan piezas musicales diferentes) y a arreglar con algo de cinta adhesiva su sobrecubierta malograda. Pues cada libro no sólo nos ofrece un contenido, y además, idealmente, un contenedor que satisfaga los sentidos, sino también evoca y convoca situaciones, memorias asociadas a su trayectoria de cometa hasta nuestras manos, así como a las sensaciones estimuladas por lecturas previas de sus páginas.
Bassani comienza con una visita a la necrópolis etrusca de Cerveteri, y con ello me despierta una nostalgia por ese pueblo aristocrático y misterioso, tan amado por mis padres. Recuerdo una visita a un oscuro museo de Milano, en compañía de mi madre. Recuerdo las pequeñas vasijas todas fragmentadas que mi padre exhibía con orgullo en la repisa al lado de su escritorio. Vuelvo a mi biblioteca, consulto en El mundo de la arqueología, de C. W. Ceram, si hay un capítulo sobre los etruscos. Lo hay, aunque muy corto: George Dennis habla con emoción de una aguja de bronce, con el ojo y la punta intactos, que conserva con emoción. Y luego voy a la vitrina de poesía y saco La tumba etrusca, de José Carlos Llop. En la contraportada se menciona a D. H. Lawrence, quien escribió que «estas moradas de los muertos eran espaciosas y elegantes» y que su atmósfera proporcionaba al visitante «una rara e intensa placidez». Y yo pienso en los cementerios de pueblo, donde se iba de visita como una parte natural de cualquier paseo, para revisitar tumbas y mausoleos que se hacían familiares a fuerza de verlas de nuevo, nichos y camafeos de retratos fotográficos sobre esmalte que constituían una comunidad a la que pertenecer, una familia extendida al pueblo entero, un refugio de memorias que de algún modo atañen a todas las ánimas misericordiosas que las salvaguardan.
El viaje se prolonga, porque así como el comienzo es un incierto balbucear de pasos, quién podría indicar cuál es su final, dónde se detiene la inercia que nos ha transportado.

En el oro primero de la mañana efímera   

sumergida en vivo verdor  

afilo una tijera con la piedra de amolar   

Robo al amolador de la flauta de Pan   

pocas monedas, el placentero dispendio de tiempo     

y el gesto humilde y anacrónico  

que me lleva de regreso a las tumbas etruscas   

donde los leales compañeros cotidianos   

eran preciados enseres   



EL BUDARE


Metáfora de identidad nacional

Pongo el budare en la hornilla mientras preparo la masa: el ojo calcula la cantidad de agua y la sal, se mezclan los ingredientes hasta conseguir la consistencia adecuada cuando los granos de harina se hinchan al hidratarse. Hay que dejarle tiempo de que la masa se hinche y se asiente, para que quede suave y las arepas no se cuarteen. Mientras tanto, una gota de aceite sobre la plancha de hierro caliente. Extiendo la grasa con la espátula, pero la superficie no está lisa y uniforme, hace meses que el budare se descascara en lajas negras, como si tuviera una extraña lepra.

Presa de un furor purificador (dicen que ocurre con las neuras), arremeto contra el budare, separando la capa más superficial. Ahora entiendo lo que pasa: no se trata del budare en sí, de su material intrínseco, que es hierro puro, sino de una capa carbonizada de años y años de grasa quemada y requemada, día tras día, hasta adquirir el color y la consistencia del hierro renegrido: está íntimamente unido a él, formando un solo material. El budare que uso es una unidad compuesta de plancha de hierro circular, unida a múltiples capas superpuestas de grasa solidificada.
Mientras descascaro el budare, me siento como una antropóloga sentimental: estas hojuelas de carbón vegetal representan… ¿cuántas generaciones de desayunos criollos?

Este budare era de mi abuela, mi mamá se quedó con él cuando no mudamos a esta casa.
Ahora lo uso yo, y pienso seriamente llevármelo si es que tengo que mudarme de país. Parece una locura, cargar con una plancha de hierro colado, pero está impregnada de historia familiar, de la más cercana, la que es menuda y cotidiana.

Tres generaciones de mujeres preparando arepas cada día.
Reconforta la idea de que este objeto humilde ha estado presente en unos cuarenta años de historia familiar. Sería más fácil comprar uno nuevo, pero no sería lo mismo.
No tendría la misma carga (literalmente: los nuevos parecen más livianos).

En esta grasa carbonizada hay tres generaciones de mazeite, el aceite de maíz que por cierto en estos momentos escasea, porque inexplicablemente los tiempos de la revolución están ligados a una escasez de productos de consumo básico (arroz, leche, huevos, aceite, azúcar, carne, caraotas).

De pronto me doy cuenta de que esto es ser venezolano, este es el signo de venezolanidad que habíamos estado buscando, lo que nos define (lo que elegimos que nos defina entre posibilidades que nos interesan menos como el miss Venezuela, el petróleo, la revolución bolivariana): tener un budare de hierro (¿dónde los hacen?) de varias generaciones, que se arrastra de una mudanza a otra porque es un buen budare. Un buen budare es un budare que está bien curado. Curar un budare requiere aceite, llama y paciencia. En el proceso se produce un hollín negro que debe ser muy bueno para pintar, ahora que lo pienso: puro hollín de maíz. Un pigmento latinoamericano.

Tengo un pote medio lleno de lo que le saqué al budare: tantos gramos de unos cristales de carbón, que se parecen extrañamente a la sal de una playa de Hawai, que vi ayer en casa de una amiga: una sal preciosa, traída de una boutique de exquisiteces en Londres. Ahora que las sales exóticas están de moda.


PLEGARIA A JUAN DE LA COSA

A quién ha de importarle
la hora de mi llegada
en el persistente zeppelin del desarraigo
ni la primera bocanada de humedad
y ardor supraecuatorial al poner pie
en la escalerilla del tiempo de las sombrereras
Entramos a la ciudad en cadillac
por la autopista de neones rotatorios
tenía ventanas automáticas
el mundo se estaba trastocando por completo
nunca volvería a estar erguido sobre sus tortugas

Mientras Tanto duró lo suficiente
para Tiodosio y sus caballos lentos
aprender a comer plátano con arroz
encaramada en un mango leer
Aeropuerto sí tiene sabor
toda una mujercita
Mientras Tanto duró poco si se mira bien
se acabó el segundo reino de la luz bruñida
para reanudarse la mudanza que no acaba
amanecimos en la quinta casa y no fue
la última

La primera fue en un palacio ya lo dije
donde inauguro artes de nieve
blanca en la cabeza del mundo
En la segunda casa sonrío con timidez
el cerezo preparaba la fiesta de los cuervos
en el sótano se agriaba el fruto de la nuez
destilando su sombra sobre los cimientos
En la tercera
un sauce llorón y detrás los campos
el gran dios Pan al acecho en un paraje oscuro
allí la cicatriz número uno
en la mano izquierda

Sólo persiste la casa convencida de tesoros
la última está por llegar



HUESITOS, MEMORIAS ACUÁTICAS Y FLORALES

(y mi basura es museable)

Los huesos traen memorias. Vienen los paleontólogos y descubren que somos los primos del mono, descubren que adán y eva vivían con los dinosaurios como los picapiedras. Los huesos están llenos de memoria y ADN. La mujer esqueleto (ella es puros huesitos pelados, un manojito abandonado y mohoso, rodeado de aguamalas y pecesitos), los esqueletos en el armario: recuerdos tapados. La memoria tiene información valiosa, sobre la cual se basa nuestra situación presente. El agua también tiene memoria, se acuerda de otras informaciones más sutiles, se impregna y queda embarazada de las nueve gotas que le inoculas (aguas marianas), oye canciones, pensamientos e intenciones para cristalizarse hermosamente (homeopatía, Masaru Emoto); qué no sabrán los glaciares.

Mi tema de estos días son las memorias. No sé por qué, además, memorias y metáforas vienen de la mano por estos tiempos. No sé si los tiempos han sido buenos o malos. Supongo que el que haya habido tiempos, y memorias y metáforas, ya viene siendo una razón para brindar, con perdices o sin (las perdices por aquello de vivieron felices).

Qué es una metáfora? Una manera de no decir diciendo, o viceversa. Y una memoria? Algo que ya no es, pero fue, y habiendo sido, sigue siendo.
(Y un trabalenguas?)

Con lo de la limpieza del cuartico del jardinero han salido a flote memorias olvidadas y me han asaltado a traición. Vienen en tropel y vienen a la carrera, y a mí me entra una especie de compasión por esos pequeños objetos, escritos, recortes, cartas, trapos, cuadernos incompletos que alguna vez fueron importantes y luego quedaron sepultados por capas geológicas de otros eventos, otros recuerdos, otros olvidos. Pero alguna vez fueron importantes, alguna vez eran lo más importante del momento, y cuando salieron a flote y sus burbujas estallaron, las esporas se esparcieron a mi alrededor. Tengo cariño a la memorabilia, soy una acumuladora de peroles, porque me enamora esa carga de recuerdos, me conmueve el regreso a esos momentos pasados, me produce piedad que se olviden.

Son pedacitos de vida que de pronto vuelven a la vida; no se trata tanto del coroto en sí, sino de que su presencia convoca una sensación asociada a ese momento, una sensación precisa que justifica el mundo entero. Una felicidad pasajera, una expectativa de amor, de felicidad, de apertura.

Y pienso entonces en mis propios corotos, en mis cuadernitos en los que he ido recogiendo mis impresiones, intereses, pensamientos, ideas, alegrías…

Frente a estos naufragios me siento inmediatamente en la piel del replicante más fuerte, el más perfecto, cuando siente su muerte inminente: ¿qué pasará con todos sus magníficos recuerdos (los reales y los implantados, cuál es la diferencia), con todas esas experiencias (las mías, las tuyas, las de aquéllos que amamos), cuando hayamos desaparecido? Se diluirán y desaparecerán, como lágrimas en la lluvia.

Esto me da tristeza, porque somos naves de exploración sobre este planeta, y nuestro mayor tesoro es precisamente esa acumulación de emociones, ideas y experiencias, amasadas en un conglomerado más o menos coherente, unas veces más coherente que otras. Porque estamos hechos de memorias: somos lo que recordamos, y por cada recuerdo que desaparece, se nos disuelvan fragmentos de vida. Es una cosa muy rara esto de la memoria: unas minúsculas gotas de algún químico misterioso y el recuerdo está allí, aflora o se queda agazapado para asaltarnos el momento menos pensado; pero si falla el laboratorio, los recuerdos desaparecen, empezando por los más recientes; ninguna impresión se fija, se nos olvidan los rostros y las personas, ya no sabemos ni siquiera quiénes somos. Supongo que para el que tiene Alzheimer ni siquiera es tan grave la cosa, precisamente porque no recuerda nada y por eso nada le duele (pero tampoco puede disfrutar de nada), exceptuando los breves momentos de lucidez, en que logra darse cuenta de lo que está sucediendo, y entonces debe ser horrible. El horror en cambio es constante para los que están a su alrededor, porque toda relación se basa en los recuerdos, y no habiéndolos, no hay relación posible. De manera que lo que nos hace humanos no es ni andar erguidos ni hacer manualidades, sino recordar coherentemente. De hecho, lo que llamamos “humanidad” es una colección de memorias. Una biografía es una compilación de hechos, pero una identidad viene dada por la capacidad de identificar esa suma de hechos como propia, recordarse como protagonista de esos eventos.

Todo ese gran tesoro eventualmente se diluye, desaparece. Por eso los indios goajiros hablan de la tercera muerte, la que sucede después de la primera, la física y el entierro del cuerpo y de la putrefacción de la carne, y de la segunda, aquélla en que se recuperan los huesos, se limpian y se entierran ceremonialmente en vasijas sagradas; la tercera muerte, la definitiva, sobreviene cuando el recuerdo de esa persona desaparece de la mente de quienes la conocieron.

Por eso también, tanta gente se afana en crear obras de arte, libros, jardines, algo que sea testigo de su paso sobre la tierra, que hable por ellos, que les proporcione la ilusión de que no han terminando de desaparecer del todo, de que su vida ha tenido un sentido porque han logrado permanecer, dejar una huella indeleble.

Por eso, finalmente, mi única ambición no es ser famosa, pero sí llegar a ser lo suficientemente interesante como para que el muestrario de peroles, recuerdos, papeles, escritos y demás memorabilia, merezca cuidados de conservación. Lo confieso. Deseo que mi basura sea musealizada: que se registre y se preserve en archivo, y que se conozcan todos los cuentos asociados a cada coroto y las relaciones entre ellos, y si no se conocen, que se inventen. Y todo este trabajo de registro va a tener que hacerlo otro, alguno de los varios chips de memoria bípeda que tengo caminando por ahí, que recuerdan anécdotas sobre mí, mejor que yo.

Luego, por supuesto, más allá (o más acá) del arte y sus divagaciones, está la vida cotidiana: sumergidos en todas las actividades urgentes, en las diligencias inaplazables, en todos los pendientes que siguen arrastrándose y procastinándose; las complicaciones nimias y desesperantes, la burocracia de la vida y demás complicaciones particulares debidas a las disfunciones afectivas y éticas del gobernador de turno; está la realización de la futilidad de nuestros gestos, la sensación de que el tiempo pasa y para qué, la imagen de estar corriendo detenidos en un mismo lugar, agotándonos para lograr nada, como la reina roja de Alicia a través del espejo. Y podría parecer que no aportamos nada nuevo al mundo, que las hazañas y las grandes conquistas quedaron para otros, desconocidos, inalcanzables, sólo imágenes en la portada de las revistas y en los anuncios de rolex.

Pero no es así. Porque dios nos trabaja desde adentro, y cada hormiguita tiene su sentido inextricable en la creación, y cada ser vivo marca sus puntadas en el tapiz de la vida, para crear un dibujo que estaría incompleto sin cada uno de esos pasos.

Por eso, cada segundo respirado es indispensable, hasta el cumplimiento del tiempo marcado por el destino; por eso mamá se arrastra por las escaleras con una determinación indoblegable, y aguanta todo lo que tiene que aguatar hasta que su reloj se acaba. Porque cada segundo de vida cuenta y cobra más sentido si logramos entender esto y lo entregamos gozosamente en la enorme hoguera de un significado que nunca logramos entender por completo. Entonces me siento en la terraza y miro las flores, y allí encuentro una paz inexplicable, a pesar de las sirenas en la autopista, a pesar de los helicópteros y la televisión y la apatía general y el desasosiego creciente: las flores me hablan de que hay un orden hecho de ciclos, hojas que nacen verdecitas y después se secan y se separan de la planta; de flores que se preparan lentamente y se ofrecen y se marchitan, de tiempo que pasa pero está detenido.


DESPEDIDA A LA INVERSA

Este es el suelo que mi madre pacientemente decoró, imprimiendo hoja a hoja en el cemento fresco, cuando el jardín entero se derrumbó y parecía que la casa se tambaleaba, flotando sobre una esponja enchumbada en agua

Esta es la catedral de bejucos que armó en el interior de la terraza, trayendo una por una las lianas que reconocía en zonas verdes y márgenes de quebradas

Esta es la enredadera africana, llamada de Isabel la segunda, con la que peleó para mantenerla a raya sin deshacerse de ella, porque amaba la cotidiana ristra de corolas níveas, la enredadera donde se escondía la zarigüeya y hasta ayer anidaban tortolitas

Este es el pasamanos de la escalera en el que se sostuvo, la última vez que subió, arrastrándose escalón a escalón, diez días antes de tirar definitivamente la toalla

Este es el jardín con el jazmín de la India que perfuma las noches y los rosales entre los cuales pidió que fueran esparcidas sus cenizas

Esta es la casa que compró, centavo a centavo, que ahora abandono a la voracidad de los tractores


La mejor patria es un jardín

Cómo se abrazan fracaso y triunfo

Cada hormiga con nombre y apellido

buenas cosas que hacer con libros

Del ADN de cada casa

Migajitas

  • 3 (1)
  • 4 (1)
  • 9 (1)
  • 8 (1)
  • 7 (1)
  • 2 (2)
  • 1 (6)
  • 12 (4)
  • 11 (5)
  • 10 (7)
  • 9 (4)
  • 8 (1)
  • 7 (4)
  • 6 (4)
  • 5 (5)
  • 7 (4)
  • 5 (3)
  • 4 (7)
  • 3 (4)
  • 11 (2)
  • 10 (6)
  • 9 (4)
  • 7 (5)
  • 12 (2)
  • 11 (1)
  • 9 (1)
  • 7 (1)

Otras hormigas