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Evolución musical



Escojo unas polifonías Aquitanias del siglo XII. Recuerdo la capilla en Toscana, adonde íbamos con Francesca, hecha de piedra desnuda, los capiteles apenas ornados (y el libro El origen musical de los animales-símbolo, de Marius Schneider; la dedicatoria de Victoria Cirlot en el diccionario de símbolos de su padre, sus elogios que me llevaron al doble libro), recuerdo, sin sentirlo, el frío durante la misa en diciembre, y afuera los cielos límpidos, los árboles que adornan los cementerios: i pioppi. Primero recuerdo con la memoria teórica: porque sé que los siglos se corresponden. Pero entonces el disco arranca, y de los cantos surgen las paredes, es el proceso inverso. Qué curioso. Alrededor de esta música sólo podían respirar esas piedras.

Polifonías tan austeras y despojadas de cualquier otra cosa que no sea devoción monástica, en tiempos de cruzadas y templarios que aún no se contaminan con la idea de fundar sociedades secretas para dominar el mundo al estilo Dan Brown. Me hacen preguntarme cómo, en la historia de la música, se pasó de esta expresión a misas tan ornamentadas como elaborados desserts que brillan de caramelo sabiamente hilado: qué circunstancias sociales y artísticas permitieron que la música sacra pudiera elogiar al Altísimo con creaciones crecientemente sensoriales.

De Carlo Gesualdo y sus madrigales de amor maldito, trenzado de voces en encaje; a la Pasión según San Juan, de Bach; el Mater del Réquiem de Mozart, ese que el abuelo pidió para la hora de su muerte, y que finalizó también los diez días más dolorosos de mi historia; a Arvo Paart y su delicadeza nórdica. 

UN CUENTO, UNA PARÁBOLA



Tenía una cicatriz en el cuello. Instintivamente, el Lord Duncany en mí vio emboscadas por callejuelas sospechosas y nocturnas, asuntos turbios, poco de fiar. No terminaba de decidir si su sonrisa era taimada o sincera. Ah, pero hablaba de la ciudad ensoleillée como sólo saben hacerlo los poetas. O como un poeta, a secas. Se encaprichó con mi libro y me lo pidió. Me di cuenta inmediatamente que no le interesaban mis palabras, sólo le llamaba la atención o atraía su curiosidad de urraca la fineza del papel, la antigüedad de las imágenes; también supe con igual certeza que sumar un libro exótico a otro, como si se tratase de una colección de conchas marinas traídas de cada playa visitada. Incluso pensé en negarme, pero los excesos de los maestros de cortesía en los lejanos años de la infancia palaciega me impidieron esa salida honrosa. Por aquello de que la honra y la cortesía no necesariamente coinciden. Miré mi libro, hermoso, rico en imágenes y amor, bellamente construido con buen papel y reales experiencias poéticas, tan difíciles de traducir; tan lleno de candor al mismo tiempo, tan ingenuo, tan puro, tan infantil en su sabiduría. Y al mismo tiempo tan sólido en su consistencia.  Me resistí un instante: el momento preciso en que el pie en su calza, casi imperceptiblemente detiene el movimiento del avance y emprende el movimiento en sentido contrario, como en cámara revertida): el momento en que el miniaturista medieval, o tal vez también Giotto, detienen la escena. Me despegué de él con pena; entreví en la sonrisa el sol particular del triunfo.
Entonces vi en su morral su libro, y como las leyes de cortesía contemplan la justa retribución, se lo pedí. No podía negarse, estábamos en corte. Escogió cuidadosamente entre los varios que tenía, el que ya había usado, el que no estaba prístino, y ese me entregó, pretendiendo que la presencia de su huella le confería más valor. Acepté el libro y lo vi pobre y malquerido, esmirriado, de material común y dudoso contenido. Para dedicármelo primorosamente me pidió la pluma. Me inquietó su caligrafía, no entendí las letras, tuvo que leerme la frase oportuna, brillante. Acepté, graciosamente. Entonces me dijo, mirando con interés goloso la pluma que aún no me devolvía:
--Qué hermosura de pluma. ¿Por qué no me la dejas? Yo las pillo dondequiera las encuentre, tengo un museo en casa, montones y montones de plumas pilladas alrededor del mundo.

Más tarde, mi hermano, que había estado presente en la lectura antes de que yo llegara, me comentó que sus poemas le habían parecido muy faltos de vida.

EL CUENTO DE LA AGUJA

VASSILISSA, tan sabia como hermosa Y LA AGUJA

Volví a leer el cuento, para compartirlo con ustedes. Era uno de mis cuentos favoritos infantiles, dentro de un librito de cuentos rusos que en algún momento desapareció. Después (mucho más tarde) leí la versión y la interpretación de Clarissa Pinkola, la muñequita como la intuición femenina y la herencia que pasa de madre a hija, un legado que corre por vía matrilineal y que debemos aprender a oír y a alimentar, para que nos cuide. También me gusta su lectura del pago de humildad a la bruja (la cuarta luna, la anciana sabia). 

Este cuento incluye también unas labores, como la separación de distintos tipos de semillas, que recuerdan sospechosamente las tareas de Psique, quien a diferencia de Hércules que usa la fuerza bruta y por eso se tarda tanto, se hace ayudar por bestias menudas y un rosal. Y además es una versión femenina del mito prometeico de la búsqueda del fuego y la luz, así que es recomendable volverlo a leer (versión completa aquí). 

Esta vez, me llamó la atención, en este cuento de mujeres y sólo mujeres, la mención a las agujas y los alfileres. Las hermanas no necesitan ir al bosque –donde sabemos que ocurren las experiencias iniciatorias—porque las iluminan la luz de sus alfileres, la luz de sus agujas, como bien había previsto la madre. Lo que me remite a la antropóloga Mary Douglas (la misma del terrible De la souillure, certeramente traducido por Purity and danger), quien recupera la versión francesa del cuento de la Caperucita Roja (Estilos de pensar, ed. Gedisa 1998). Cuando el lobo se encuentra con la niña, le pregunta si va a irse por el camino de los alfileres o el camino de las agujas. Lo que ella elija no importa, pero la mención de estos instrumentos de costura (y aquí recuerdo la frase de Louise Bourgoise sobre las agujas, que sirven para herir y también para remendar) se refiere veladamente a los roles femeninos: los alfileres no tienen agujero, sirven para uniones transitorias; las agujas deben ser ensartadas y al emplearlas con pericia sirven para hacer uniones permanentes. Para confirmar esta relación, hay tradiciones que asocian los alfileres con el cortejamiento y la época del noviazgo. 

Al final del cuento, Vasilissa hila, teje, corta y cose (recordemos las Parcas o Moiras), es decir, pone en práctica esos instrumentos. Muchachas, ¡a sus agujas! De donde, sin querer queriendo, nacieron hace un año Miranda, muñeca de trapo, y su gemela oculta. No sé qué mensajes dirán al oído de mi intuición, pero coserlas y darles vida fue una preciosa experiencia levemente regresiva y llena de simpáticas sorpresas. Como tantos ejercicios creativos que nos recomendara  Julia Cameron. 

«I’ve always had a fascination with the needle, the magic power of the needle. The needle is used to repair the damage. It’s a claim to forgiveness.» 
Louise Bourgeois.

El libro completo Mujeres que corren con lobos.
(escrito el 31 de marzo, 2010)

El rey de Thule


Había un rey en Thule a quien su amante legó, como recuerdo de su amor, su copa de oro cincelado. Nada había para él de tanto valor como aquel vaso, y cada vez que de él bebía, sus ojos se anegaban en lágrimas. Cuando presintió sus últimos días, dividió su herencia y lo entregó todo, a excepción de aquella copa querida. Del festín con sus barones y nobles se levantó en silencio el rey, y en el balcón bajo el que rugía el mar bebió y arrojó la copa a las olas oscuras. La vio girar en las negras aguas y hundirse, y nunca más se le vio beber. 


Le roi de Thulé 

Il était un roi de Thulé 
À qui son amante fidèle 
Légua, comme souvenir d'elle, 
Une coupe d'or ciselé. 

C'était un trésor plein de charmes 
Où son amour se conservait : 
À chaque fois qu'il y buvait 
Ses yeux se remplissaient de larmes. 

Voyant ses derniers jours venir, 
Il divisa son héritage, 
Mais il excepta du partage 
La coupe, son cher souvenir. 

Il fit à la table royale 
Asseoir les barons dans sa tour; 
Debout et rangée alentour, 
Brillait sa noblésse loyale. 

Sous le balcon grondait la mer. 
Le vieux roi se lève en silence, 
Il boit, -frissonne, et sa main lance 
La coupe d'or au flot amer! 

Il la vit tourner dans l'eau noire, 
La vague en s'ouvrant fit un pli, 
Le roi pencha son front pâli... 
Jamais on ne le vit plus boire. 


Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749 - 1832) 
(Canta Margarita, mientras se desnuda en su habitación, 
sin saber que Fausto y Mefistóteles acaban de estar allí).
Traducción de Gérard de Nerval, Odelettes (1853).

Vasilisa la Hermosa


En un reino vivía una vez un comerciante con su mujer y su única hija, llamada Vasilisa la Hermosa. Al cumplir la niña los ocho años se puso enferma su madre, y presintiendo su próxima muerte llamó a Vasilisa, le dio una Muñeca y le dijo: 
- Escúchame, hijita mía, y acuérdate bien de mis últimas palabras. Yo me muero y con mi bendición te dejo esta Muñeca - guárdala siempre con cuidado, sin mostrarla a nadie, y cuando te suceda alguna desdicha, pídele consejo. 
Después de haber dicho estas palabras, la madre besó a su hija, suspiró y se murió. El comerciante, al quedarse viudo, se entristeció mucho, pero pasó tiempo, se fue consolando y decidió volver a casarse. Era un hombre bueno y muchas mujeres lo deseaban por marido, pero entre todas eligió una viuda que tenía dos hijas de la edad de Vasilisa y que en toda la comarca tenía fama de ser buena madre y ama de casa ejemplar. El comerciante se casó con ella, pero pronto comprendió que se había equivocado, pues no encontró la buena madre que para su hija deseaba. 

Vasilisa era la joven más hermosa de la aldea. La madrastra y sus hijas, envidiosas de su belleza, la mortificaban continuamente y le imponían toda clase de trabajos para ajar su hermosura a fuerza de cansancio y para que el aire y el sol quemaran su cutis delicado. Vasilisa soportaba todo con resignación y cada día crecía su hermosura, mientras que las hijas de la madrastra, a pesar de estar siempre ociosas, se afeaban por la envidia que tenían a su hermana. La causa de esto no era ni más ni menos que la buena Muñeca, sin la ayuda de la cual Vasilisa nunca hubiera podido cumplir con todas sus obligaciones. La Muñeca la consolaba en sus desdichas, dándole buenos consejos y trabajando con ella. Así pasaron algunos años y las muchachas llegaron a la edad de casarse. Todos los jóvenes de la ciudad solicitaban casarse con Vasilisa, sin hacer caso alguno de las hijas de la madrastra. Ésta, cada vez más enfadada, contestaba a todos: 
- No casaré a la menor antes de que se casen las mayores. Y después de haber despedido a los pretendientes, se vengaba de la pobre Vasilisa con golpes e injurias. 

Un día el comerciante tuvo necesidad de hacer un viaje y se marchó. Entretanto, la madrastra se mudó a una casa que se hallaba cerca de un espeso bosque en el que, según decía la gente, aunque nadie lo había visto, vivía la terrible bruja Baba-Yaga. Nadie osaba acercarse a aquellos lugares, porque Baba-Yaga se comía a los hombres como si fueran pollos. Después de instaladas en el nuevo alojamiento, la madrastra, con diferentes pretextos, enviaba a Vasilisa al bosque con frecuencia, pero a pesar de todas sus astucias la joven volvía siempre a casa, guiada por la Muñeca, que no permitía que Vasilisa se acercase a la cabaña de la temible bruja. 

Llegó el otoño, y un día la madrastra dio a cada una de las tres muchachas una labor - a una le ordenó que hiciese encaje, a otra, que hiciese medias y a Vasilisa le mandó hilar, obligándolas a presentarle cada día una cierta cantidad de trabajo hecho. Apagó todas las luces de la casa, excepto una vela que dejó encendida en la habitación donde trabajaban sus hijas, y se acostó. Poco a poco, mientras las muchachas estaban trabajando, se formó en la vela un pabilo, y una de las hijas de la madrastra, con el pretexto de cortarlo, apagó la luz con las tijeras. 
- ¿Qué haremos ahora? - dijeron las jóvenes, - no había más luz que ésta en toda la casa y nuestras labores no están aún terminadas, 
- ¡Habrá que ir en busca de luz a la cabaña de Baba-Yaga! 
-Yo tengo luz de mis alfileres - dijo la que hacía el encaje, - no iré yo. 
- Tampoco iré yo - añadió la que hacía las medias, - tengo luz de mis agujas. 
-¡Tienes que ir tú en busca de luz! - exclamaron ambas, - ¡Anda! ¡Ve a casa de Baba-Yaga! Y al decir esto echaron a Vasilisa de la habitación. 
Vasilisa se dirigió sin luz a su cuarto, puso la cena delante de la Muñeca y le dijo: 
- Come, Muñeca mía, y escucha mi desdicha. Me mandan a buscar luz a la cabaña de Baba-Yaga y ésta me comerá. ¡Pobre de mí! 
- No tengas miedo - le contestó la Muñeca, - ve donde te manden, pero no te olvides de llevarme contigo, ya sabes que no te abandonaré en ninguna ocasión. 

Vasilisa se metió la Muñeca en el bolsillo, se persignó y se fue al bosque. La pobrecita iba temblando, cuando de repente pasó rápidamente por delante de ella un jinete blanco como la nieve, vestido de blanco, montado en un caballo blanco y con un arnés blanco, en seguida empezó a amanecer. Siguió su camino y vio pasar otro jinete rojo, vestido de rojo y montado en un corcel rojo, y en seguida empezó a levantarse el sol. Durante todo el día y toda la noche anduvo Vasilisa, y sólo al atardecer del día siguiente llegó al claro donde se hallaba la cabaña de Baba-Yaga, la cerca que la rodeaba estaba hecha de huesos humanos rematados por calaveras, las puertas eran piernas humanas, los cerrojos, manos, y la cerradura, una boca con dientes. Vasilisa se llenó de espanto. De pronto apareció un jinete todo negro, vestido de negro y montando un caballo negro, que al aproximarse a las puertas de la cabaña de Baba-Yaga desapareció como si se lo hubiese tragado la tierra... En seguida se hizo de noche. No duró mucho la oscuridad: de las cuencas de los ojos de todas las calaveras salió una luz que alumbró el claro del bosque como si fuese de día. Vasilisa temblaba de miedo y no sabiendo dónde esconderse, permanecía quieta.

De pronto se oyó un tremendo alboroto: los árboles crujían, las hojas secas estallaban y la espantosa bruja Baba-Yaga apareció saliendo del bosque, sentada en su mortero, arreando con el mazo y barriendo sus huellas con la escoba. Se acercó a la puerta, se paró, y husmeando el aire, gritó: 
- ¡Huele a carne humana! ¿Quién está ahí? Vasilisa se acercó a la vieja, la saludó con mucho respeto y le dijo: 
- Soy yo, abuelita. Las hijas de mi madrastra me han mandado que venga a pedirte luz. 
- Bueno - contestó la bruja, - las conozco bien, quédate en mi casa y si me sirves a mi gusto te daré la luz. Luego, dirigiéndose a las puertas, exclamó: 
- ¡Ea! Mis fuertes cerrojos, ¡ábranse! ¡Ea! Mis anchas puertas, ¡déjenme pasar! Las puertas se abrieron y Baba-Yaga entró silbando, acompañada de Vasilisa, y las puertas se volvieron a cerrar solas.

Una vez dentro de la cabaña, la bruja se echó en un banco y dijo: 
- ¡Quiero cenar! ¡Sirve toda la comida que está en el horno! Vasilisa encendió una tea acercándola a una calavera, y se puso a sacar la comida del horno y a servírsela a Baba-Yaga... La comida era tan abundante que habría podido satisfacer el hambre de diez hombres. Después trajo de la bodega vinos, cerveza, aguardiente y otras bebidas. Todo se lo comió y se lo bebió la bruja, y a Vasilisa le dejó tan sólo un poquitín de sopa de coles y una cortecita de pan. Se preparó para acostarse y dijo a la nueva doncella: 
- Mañana tempranito, después que me marche, tienes que barrer el patio, limpiar la cabaña, preparar la comida y lavar la ropa. Luego tomarás del granero un celemín de trigo y lo expurgarás del maíz que tiene mezclado. Procura hacerlo todo, porque si no te comeré a ti. Después de esto, Baba-Yaga se puso a roncar, mientras que Vasilisa, poniendo ante la Muñeca las sobras de la comida y vertiendo amargas lágrimas, dijo: 
- Toma, Muñeca mía, come y escúchame. ¡Qué desgraciada soy! La bruja me ha encargado que haga un trabajo para el que harían falta cuatro personas y me amenazó con comerme si no lo hago todo. La Muñeca contestó: 
- No temas nada, Vasilisa, come, y después de rezar, acuéstate, mañana arreglaremos todo. 

Al día siguiente se despertó Vasilisa muy tempranito, miró por la ventana y vio que se apagaban ya los ojos de las calaveras. Vio pasar y desaparecer al jinete blanco, y en seguida amaneció. Baba-Yaga salió al patio, silbó, y ante ella apareció el mortero con el mazo y la escoba. Pasó a todo galope el jinete rojo, e inmediatamente salió el sol. La bruja se sentó en el mortero y salió del patio arreando con el mazo y barriendo con la escoba. Vasilisa se quedó sola, recorrió la cabaña, se admiró al ver las riquezas que allí había y se quedó indecisa sin saber por cuál trabajo empezar. Miró a su alrededor y vio que de pronto todo el trabajo aparecía hecho... La Muñeca estaba separando los últimos granos de trigo de los de maíz. 
- ¡Oh mi salvadora! - exclamó Basilisa, - me has librado de ser comida por Baba-Yaga. 
- No te queda más que preparar la comida, - le contestó la Muñeca al mismo tiempo que se metía en el bolsillo de Basilisa, - prepárala y descansa luego de tu labor. 
Al anochecer, Vasilisa puso la mesa, esperando la llegada de Baba-Yaga. 

Ya anochecía cuando pasó rápidamente el jinete negro, e inmediatamente obscureció por completo. Sólo lucieron los ojos de las calaveras. Luego crujieron los árboles, estallaron las hojas y apareció Baba-Yaga, que fue recibida por Vasilisa. 
- ¿Está todo hecho? - preguntó la bruja. 
- Examínalo todo tú misma, abuelita. Baba-Yaga recorrió toda la casa y se puso de mal humor por no encontrar un solo motivo para regañar a Vasilisa. 
- Bien - dijo al fin, y se sentó a la mesa y luego exclamó 
- ¡Mis fieles servidores, vengan a moler mi trigo! En seguida se presentaron tres pares de manos, cogieron el trigo y desaparecieron. Baba-Yaga, después de comer hasta saciarse, se acostó y ordenó a Vasilisa: 
- Mañana harás lo mismo que hoy, y además tomarás del granero un montón de semillas de adormidera y las escogerás una a una para separar los granos de tierra. Y dada esta orden se volvió del otro lado y se puso a roncar, mientras Vasilisa pedía consejo a la Muñeca. Ésta repitió la misma contestación de la víspera: 
- Acuéstate tranquila después de haber rezado. Por la mañana se es más sabio que por la noche, ya veremos cómo lo hacemos todo. 

Por la mañana la bruja se marchó otra vez, y la muchacha, ayudada por su Muñeca, cumplió todas sus obligaciones. Al anochecer volvió Baba-Yaga a casa, visitó todo y exclamó: 
- ¡Mis fieles servidores, mis queridos amigos, vengan a prensar mi simiente de adormidera! Se presentaron los tres pares de manos, cogieron las semillas de adormidera y se las llevaron. La bruja se sentó a la mesa y se puso a cenar. 
- ¿Por qué no me cuentas algo? - preguntó a Vasilisa, que estaba silenciosa - ¿Eres muda? 
- Si me lo permites, te preguntaré una cosa. 
- Pregunta, pero ten en cuenta que no todas las preguntas redundan en bien del que las hace. Cuanto más sabio se es, se es más viejo. 
- Quiero preguntarte, abuelita, lo que he visto mientras caminaba por el bosque. Me adelantó un jinete todo blanco, vestido de blanco y montado sobre un caballo blanco. ¿Quién era? 
- Es mi Día Claro - contestó la bruja. 
- Más allá me alcanzó otro jinete todo rojo, vestido de rojo y montando un corcel rojo. ¿Quién era éste? 
- Es mi Sol Radiante. - ¿Y el jinete negro que me encontré ya junto a tu puerta? 
- Es mi Noche Oscura. Vasilisa se acordó de los tres pares de manos, pero no quiso preguntar más y se calló. 
- ¿Por qué no preguntas más? - dijo Baba-Yaga. 
- Esto me basta, me has recordado tú misma, abuelita, que cuanto más sepa seré más vieja. 
- Bien - repuso la bruja, - bien haces en preguntar sólo lo que has visto fuera de la cabaña y no en la cabaña misma, pues no me gusta que los demás se enteren de mis asuntos. Y ahora te preguntaré yo también. ¿Cómo consigues cumplir con todas las obligaciones que te impongo? 
- La bendición de mi madre me ayuda - contestó la joven. 
- ¡Oh lo que has dicho! ¡Vete en seguida, hija bendita! ¡No necesito almas benditas en mi casa! ¡Fuera! Y expulsó a Vasilisa de la cabaña, la empujó también fuera del patio y luego, tomando de la cerca una calavera con los ojos encendidos, la clavó en la punta de un palo, se la dio a Basilisa y le dijo: 
- He aquí la luz para las hijas de tu madrastra. Tómala y llévatela a casa. 

La muchacha echó a correr alumbrando su camino con la calavera, que se apagó ella sola al amanecer... Al fin, a la caída de la tarde del día siguiente llegó a su casa. Se acercó a la puerta y tuvo intención de tirar la calavera pensando que ya no necesitarían luz en casa, pero oyó una voz sorda que salía de aquella boca sin dientes, que decía: «No me tires, llévame contigo». Miró entonces a la casa de su madrastra, y no viendo brillar luz en ninguna ventana, decidió llevar la calavera consigo. La acogieron con cariño y le contaron que desde el momento en que se había marchado no tenían luz, no habían podido encender el fuego y las luces que traían de las casas de los vecinos se apagaban apenas entraban en casa. 
- Acaso la luz que has traído no se apague - dijo la madrastra. Trajeron la calavera a la habitación y sus ojos se clavaron en la madrastra y sus dos hijas, quemándolas sin piedad. Intentaban esconderse, pero los ojos ardientes las perseguían por todas partes... Al amanecer estaban ya las tres completamente abrasadas, sólo Vasilisa permaneció intacta. 

Por la mañana la joven enterró la calavera en el bosque, cerró la casa con llave, se dirigió a la ciudad, pidió alojamiento en casa de una pobre anciana y se instaló allí esperando que volviese su padre. Un día dijo Vasilisa a la anciana: 
- Me aburro sin trabajo, abuelita. Cómprame del mejor lino e hilaré, para matar el tiempo. La anciana compró el lino y la muchacha se puso a hilar. El trabajo avanzaba con rapidez y el hilo salía igualito y finito como un cabello. Pronto tuvo un gran montón, suficiente para ponerse a tejer, pero era imposible encontrar un peine tan fino que sirviese para tejer el hilo de Vasilisa y nadie se comprometía a hacerlo. La muchacha pidió ayuda a su Muñeca, y ésta en una sola noche le preparó un buen telar. A fines del invierno el lienzo estaba ya tejido y era tan fino que se hubiera podido enhebrar en una aguja. En la primavera lo blanquearon, y entonces dijo Basilisa a la anciana: 
- Vende el lienzo, abuelita, y guárdate el dinero. La anciana miró la tela y exclamó: 
- No, hijita, ese lienzo, salvo el zar, no puede llevarlo nadie. Lo enseñaré en palacio. Se dirigió a la residencia del zar y se puso a pasear por delante de las ventanas de palacio. El zar la vio y le preguntó: 
- ¿Qué quieres, viejecita? 
- Majestad - contestó ésta, - he traído conmigo una mercancía preciosa que no quiero mostrar a nadie más que a ti. El zar ordenó que la hiciesen entrar, y al ver el lienzo se quedó admirado. 
- ¿Qué quieres por él? - preguntó. 
- No tiene precio, padre y señor, te lo he traído como regalo. El zar le dio las gracias y la colmó de regalos. Empezaron a cortar el lienzo para hacerle al zar unas camisas... Cortaron la tela, pero no pudieron encontrar lencera que se encargase de coserlas. La buscaron largo tiempo, y al fin el zar llamó a la anciana y le dijo: 
- Ya que has sabido hilar y tejer un lienzo tan fino, por fuerza tienes que saber coserme las camisas. 
- No soy yo, majestad, quien ha hilado y tejido esta tela, es labor de una hermosa joven que vive conmigo. 
- Bien, pues que me cosa ella las camisas. Volvió la anciana a su casa y contó a Vasilisa lo sucedido y ésta repuso:
- Ya sabía yo que me llamarían para hacer este trabajo. Se encerró en su habitación y se puso a trabajar. Cosió sin descanso y pronto tuvo hecha una docena de camisas. La anciana las llevó a palacio, y mientras tanto Vasilisa se lavó, se peinó, se vistió y se sentó a la ventana esperando lo que sucediera. Al poco rato vio entrar en la casa a un lacayo del zar, que dirigiéndose a la joven dijo: 
- Su Majestad el zar quiere ver a la hábil lencera que le ha cosido las camisas, para recompensarla según merece. Vasilisa la Hermosa se encaminó a palacio y se presentó al zar. Apenas éste la vio se enamoró perdidamente de ella. 
-Hermosa joven - le dijo, - no me separaré de ti, porque serás mi esposa. Entonces tomó a Vasilisa la Hermosa de la mano, la sentó a su lado y aquel mismo día celebraron la boda. Cuando volvió el padre de Vasilisa tuvo una gran alegría al conocer la suerte de su hija y se fue a vivir con ella. En cuanto a la anciana, la joven zarina la acogió también en su palacio y a la Muñeca la guardó consigo hasta los últimos días de su vida, que fue toda ella muy feliz. 


LIBROS EMPASTADOS


De los libros en su novedosa presentación, en crema o pomada, y sus usos sugeridos: untada sobre el pan, una sustanciosa novela puede alimentar el alma al tiempo que el cuerpo; mientras algún cuento corto sobre un tallo de célery sirve de pasatiempo y pasapalo a la hora de la merienda y me dicen que ciertas historias en pasta hacen un excelente relleno para el chocolate oscuro (siempre en porcentaje superior al 70% de cacao). Pero no acaba allí la utilidad de los libro en crema o linimento, pues los hay que se aplican con ventaja sobre heridas leves y picaduras ponzoñosas. Los tres tomos de las mil y una noches se aplican con ventaja sobre las piernas depiladas de las mujeres bonitas para instruirlas en el arte de seducir con cordura y sensatez; Justine es un lubricante extraordinario para casos de reticencia y por si fuera poco, puede usarse para sacar brillo a los muebles y los zapatos de cuero, y como brillantina para el cabello. Atlas descrito por el cielo viene en ungüento balsámico que frotado suavemente sobre los párpados garantiza sueños leves con viajes fructíferos a países de ultramar. Se ha observado una notable mejoría en el funcionamiento mecánico de partes lubricadas con manuales de ingeniería naval o aérea en vaselina y por último parece que hay confecciones para el sol, que permiten un bronceado duradero y protegen los labios de resquebrajaduras, pero no las he probado. 

Uno desatiende la página y pronto es como un jardín salvaje, lleno de yerbajos, un lugar desolado por el que brotan estatuas de piedra porosa, pintadas de líquenes y musgos umbríos.

Pájaros por libros

 
Salgo a comprar más libros, como si no tuviera suficientes, muchos aún sin leer. Y los compro. Y mientras regreso a casa, bien apertrechada como si se avecinara el invierno siberiano, pienso: ¿para qué?

¿Para qué seguir comprando libros, si ya siento tan cerca el aliento de la separación, acompañándome, obligándome a evaluar de qué y quiénes quiero despedirme? La muerte está a la vuelta de la esquina y ni siquiera podré legar mi biblioteca, pues en rigor la cantidad de libros que tengo no hacen una colección: pues para hacer una colección, una biblioteca, un museo, es menester una intención, orden y concierto, un catálogo. Mis libros se amontonan sobre las mesas, sobre las sillas, sobre la alfombra en dos filas de columnas que continúan elevándose, sin terminar de definir órdenes, taxonomías, un índice temático o por autor o procedencia geográfica. Hay cajas de cartón debajo de las mesas y detrás de los sillones, con más libros que me han regalado últimamente los que se mudan, los que parten (mi hermana me dice, atónita: Y tú, ¿los aceptaste?). Ni siquiera me atrevo a llamarlos “mis libros”: como si fueran gatos, como si fueran aves cuyo mejor destino es volar libres. Libros libres. Lo que tengo no es una biblioteca, sino un aviario.

Y es así que, sin embargo, este libro, y este, y aquel otro, me parecen imprescindibles para ampliar una idea, un tema que me interesa. Como ramificaciones infinitas de un árbol fractal, buscando coincidencias, puntos de contacto. Eso: un árbol fractal en que cantan los pájaros del conocimiento (del bien y del mal).

¿Por qué, entonces, seguir comprando libros? ¿Para qué leerlos, acumular conocimientos que como sus páginas se quedarán atrás, peor que sus páginas no se dispersarán sino desaparecerán, como lágrimas en la lluvia? ¿De qué sirven una experiencia más, una emoción repetida, otro pensamiento, nuevas lecturas? Todo desaparecerá.

Sí, todo se perderá en el viento; pero tengo la absurda esperanza de que toda esta vida, mineralizada, al disolverse en polvo y cenizas, volverá a impregnar la tierra, mi ADN fecundará las nuevas semillas, formará parte de la próxima vida.

Como un tren


La función de un buen policíaco de los duros, es dejarte con la sensación de un mundo sórdido y despiadado, sin esperanza; una ciudad violenta y sucia, pero resplandeciente por la lluvia: esa cruda belleza en medio de la mierda es lo único a lo queda aferrarse. Véase El largo adios, Raymond Chandler, y el padre de los detectives duros: Philip Marlowe. Con e.

Me sumerjo en Tren nocturno, de Martin Amis. En menos de una jornada lo termino, y me deja con un muy mal sabor. Maldito, tan diestro con los acertijos. Perfecto para dejar una adivinanza en el aire, sin aclarar que la ha dejado allí, al punto que no todos la encuentran; pero con suficientes claves para que, si te topas con ella, y sucederá a traición, tengas que darle vueltas y vueltas, remontar toda una investigación policial, para desenredar los nudos y terminar con un manojo de cabos sueltos. Una mina enterrada en el camino.

Esta mañana, cuando estaba comenzándolo y no sabía a qué emboscada me enfrentaba, inocente de mí, escribí un corto texto, que además creí que era lateral al tema del libro. Pues no. Era premonitorio. Maldito Amis, excavando en el alma ajena, obligándome a jugar a los espejos, todo un túnel de espejos en el que cuesta distinguir reflejo de imagen, que a su vez es reflejo de otra cosa... Platón, la caverna, Saramago. Ya. Déjame, maldito. Qué buen escritor eres. El perfecto criminal.


POR QUÉ
Uno pregunta por qué ante un suicidio
para cualquier razón tenemos dudas
por qué no es la pregunta adecuada
desesperadamente por qué por qué cuando se mueren
toda muerte se convierte en un suicidio
(a menos que la culpa esté en otro)
y frente a la crueldad de quienes
deciden no amar: por qué, por qué

¿no es el desamor otro suicidio?


Cocina con libros



El método clásico es ponerlo al horno, a veces con algo de sal gruesa. Para este método proponemos una variante que consiste en cubrirlo completamente con una pasta hecha de sal, harina y aceite. La masa se trabaja bien hasta conseguir una textura homogénea y elástica y se extiende usando el instrumento apropiado, hasta obtener una capa de aproximadamente medio centímetro de espesor. Con ella se envuelve el libro cuidando de dejar espacio entre las tapas y la masa, pues al calentarse se liberarán vapores que necesitas poder expandirse libremente. El libro queda así sellado en una cámara dentro de la cual se cocinará en su propio jugo. Delicioso. 

Otro sistema clásico es hacerlo a la brasa, sobre una parrilla. Con este procedimiento suele obtenerse un agradable aroma de leña ahumada, sumado a un bonito efecto de rayas, que pueden combinarse para formar rombos.

Para prepararlo en sopa, póngase a hervir con suficiente agua y algo de sal. Puede ponerse una hoja de laurel, o mejorana, dependiendo del autor. No se recomienda la cebolla ni otras verduras. Puede usarse la olla de presión para acelerar el proceso, aunque la cocción lenta y controlada suele siempre dar resultados más finos. Algunos libros son susceptibles de prepararse en cremas de textura aterciopelada.

Una receta laboriosa pero que puede dar grandes satisfacciones, especialmente a la hora de presentar el plato en la mesa, es la siguiente: se hace un puré con las tapas y la tripa, conservando un buen número de páginas (escójanse las ilustradas, para más efecto dramático). La mejor y más gustosa manera de conseguir este puré consiste en hacer hervir el sólido en media taza de caldo claro, obtenido mediante el procedimiento explicado anteriormente. Nota: el caldo claro de enciclopedia es el más gustoso. Una vez que ha hervido bien hasta ablandarse (aprox. media hora), se retiran las partes sólidas y se machaca el resto, hasta formar una pasta con consistencia de puré. No es necesario homogenizarlo: algunas letras o incluso palabras sueltas pueden contribuir a una textura más interesante. Este puré se coloca, por medio de una cucharita, dentro de las páginas reservadas previamente, enrolladas para formar un tubo o canelón. Se disponen ordenadamente en una bandeja refractaria espolvoreándolos con queso rallado y se gratinan al horno. El mismo procedimiento puede aplicarse a novelas románticas, para conseguir un grato postre. En tal caso, elimínese la parte del gratinado; tuéstense ligeramente al horno los rollitos rellenos, y déjense enfriar en la nevera por lo menos dos horas. Al momento de servir, adórnense con una cucharada de crema batida.


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