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La mujer de arena y el entomólogo



Al principio, el entomólogo observa entre las dunas a la hormigaleón, que hace una trampa en embudo por la que se cae su víctima; pronto es él mismo la víctima que cae en la trampa de arena. Se siente preso en una relación a la que ha sido forzado. Busca sin cesar una manera de escaparse, para no volverse loco. Ella teme cada noche, al acostarse, despertar a la mañana siguiente sola. La cooperativa la secunda, le busca el marido, la cuida mientras ella siga las reglas impuestas por la sociedad (lo mismo que la sociedad apoyará que una mujer se mantenga casada, porque soltera es más cara de mantener). Ella en realidad sufre porque él quiera escaparse: desearía que él quisiera quedarse. No le basta con que él se quede, debe además desearlo.



El hombre todavía no se ha dado cuenta de que la situación (o la mujer) lo ha puesto en el papel que mejor le va: querer escapar. Es el rol que más le gusta jugar, incluso más que estar libre. De hecho, cuando estaba libre era un entomólogo un poco zonzo que sólo deseaba que algún bicho tuviera su nombre, ahora es un héroe astuto, ingenioso. Si lo piensas bien, todos los héroes se prueban en situaciones extremas, de amenaza a su libertad. Si no hay amenaza, fuerza antagónica, conflicto, no hay historia. Es la manera masculina de construir una narrativa: el camino del héroe. Al final se dará cuenta de que tiene un nuevo propósito, mucho más importante que el nombrar un bicho, incluso más importante que escapar.
La vía femenina, en cambio, pasa por el rapto amoroso, el beso y el bosque; y su narrativa puede ser difusa. 

Suna no Onna, La mujer de arena (1964) Hiroshi Teshigahara


Mujeres que se inmolan



¿De dónde proviene esta imagen, arquetipo, estampa, bien enraizada en el siglo XIX y la primera mitad del XX, que florece gracias al espectáculo de la ópera? Con toda probabilidad histórica,  literaria y hasta mitológica,  de mucho antes. Mujeres inmorales, que se redimen por amor, mediante una crucificción asentada en su feminidad. (Nótese que las protagonistas son ellas.)

Madama Butterfly: una mujer de reputación dudosa (¿qué podían comprender de las geishas los europeos que recién se deslumbraban con esta isla? …su superior civilización occidental fue definida por Gandhi “Una idea interesante”), está dispuesta a sacrificar hasta lo más sagrado para ella, su religión, para plegarse a la religión de su esposo. Por amor. Lo entrega todo, y de todas maneras es rechazada. Y eso la convierte en heroína.




La Dama de las Camelias/La Traviata: una mujer de pésima reputación (en realidad, debe haber sido una mujer interesantísima; si hubiese nacido hombre habría sido un prócer) renuncia a todo, incluso a su amor, por amor. Para contribuir anónimamente al bienestar de su amado. Tanto altruismo es insoportable. Está dispuesta a perder el respeto de su amado, cosa muchísimo más importante que su propia dignidad, obviamente; es decir: a perderlo todo, y encima se muere. Y eso la convierte en heroína.
¿No es un poco perverso, como patrón?

No menos perverso que el hecho de que incluso hoy día siga latiendo subterráneamente; pero gracias a la diosa, están las “Slut-walks”.

Es el viejo síndrome de la Sirenita. Ver: complejo de Ariel. 

«Lo que tú quieres que yo sea»






Nada mejor que comenzar a eso de las 7 y media a.m. con “La noche del cazador” (Charles Laughton, 1955). Qué maravillosa película. Ya había tenido la intuición de recordar “Whatever happened to Baby Jane” (1962), y es que hay algunas similitudes en los mecanismos para acceder a las emociones del espectador. Películas de terror psicológico, crudas sin necesidad de mostrar las imágenes: por inflexiones, sugerencias, sonidos, omisiones. En las que la balanza de la narrativa oscila entre quién es el fuerte y quién es la víctima.
                                                                                               
Me interesa en particular el desarrollo de la relación entre la madre y el predicador: la dinámica del enamoramiento redentorio. Que se revela, terrible, en el momento en que, después de desnudar su alma en la intimidad del espejo, en su noche de bodas, tendida en su cama ella ora a Dios por que le dé la fuerza de ser como él (el hombre-dios, acostado a su lado) quiere que ella sea[1].

Es evidente que una petición de esta naturaleza exige confianza ciega en las capacidades del Otro, el Amado, para saber juzgar lo que es lo justo y conveniente, dónde está La Verdad. Ella lo cree, por supuesto, y en ese momento se representa un drama universal: la sumisión a la voluntad del otro, la pérdida de la propia voluntad, da igual que sea por amor erótico o político.  

Y puesto que lo cree, con cuánta convicción (exaltada: la convicción del desvarío, del rapto) ella acepta su cruz, se inmola para salvarse: qué bien juega su papel de víctima expiatoria, cordero para la piedra del sacrificio, profetisa de su propia exaltación. Ella se convierte a los dogmas del Amado (no sabemos si por incapacidad de aceptar que se desinfle la imagen de sus proyecciones amorosas; o porque verdaderamente se da cuenta de que es la única manera de salvar la cara y cierta dignidad), aunque destruyan sus deseos más intensos, y está tan convencida, que condena esos deseos como impuros, y los pisotea. Para erguirse como santa y mártir.

Ella susurra: que me dé fuerzas para ser como él quiere que yo sea: es la oración cotidiana de la mujer que llama con desesperación y sin esperanza a su amor no reciprocado (pero será redimida por su fénix ardiente, dentro de tres años). En el intento de agradarlo, ella lo sobrepasa y se convierte en una caricatura de lo que ella ha proyectado en el Otro.

Quién sabe, quizás esa sea su misión, hacer del encuentro una terapia curativa.

Para esta mujer en situación de rapto, el Amado es un dios, y lo que él señale será la verdad, el camino y la vida. Quien lo haya vivido lo reconocerá. Querer ser, para el otro/querer ser para el otro: se acicala para que el ojo de él la aprecie, para dejarle saber que todos sus movimientos y sus pensamientos son para él, que le pertenece sin condiciones, que es suya aunque suene a bolero, porque así es; porque ella misma ha marcado con hierro candente su carne, con la marca del Amado: es la historia de O.

Oh, baby, «You’ve been lookin’ for love in the only foolish way you knew of.»

El otro polo, la otra opción, es una vida continua de investigar quien coño soy yo, qué es lo que quiero hacer y ser, cuál es mi forma de vida, dónde están mis preferencias, mis verdades y mi ética.

Entonces, si me sumerjo en un rapto y escojo bien (qué mejor raptor que Zeus, ¿cierto, Calisto?), remolcador tiburón a rémora, me cuelgo de ti, me inmolo sobre la piedra como ofrenda, tómame toda que del holocausto saldré renovada en más flameante espíritu, más yo y más sola, brillantemente deslastrada de lo que se supone que según las expectativas sociales debería ser y hacer.

Un buen amor te hace crecer hasta ser lo más tú misma que se pueda.




[1] Al revés de lo que hace Zeus, tan astuto, biricchino, que se convierte en lo que ellas desean: lluvia de oro, cisne, diosa. 

ESPERANDO EL BESO PARA SALIR DEL COMA




Blancanieves muerde la manzana, y queda convertida en la Bella Durmiente. El pedazo de manzana se le ha quedado atascado, probablemente por una semilla, que empieza a germinar y produce todo un bosque alrededor de la durmiente y su castillo. El bosque que envuelve a la Bella proviene de su propio aliento, que se transforma en zarzas y rosas. Espinas y flores: es característico de la adolescente. Hace lo que puede por protegerla, pero al mismo tiempo la aísla. Tiene su peligro: algunas veces las mujeres creemos que si nos dormimos va a pasarnos algo bueno, y ahí es cuando dejamos que el huso nos pinche.
Según otras versiones, el que duerme es el bosque mismo, y la bella está atrapada, duerme porque no le queda otra. La manzana, no lo olvidemos, es de la familia de uno de los dos árboles mágicos originarios: el del conocimiento del bien y del mal, o el de la vida y la muerte, no lo sabemos con exactitud. 

TRES NUEVOS COMPLEJOS FEMENINOS PARA LA PSICOLOGÍA.


Revisa en cuál grupo te ubicas (se valen las combinaciones de dos o varios; shaken, not stirred; adornar con sombrillita de papel para hacer bonito):

Complejo de Reina Roja: 
Corre y corre y corre para poderse mantener en el mismo lugar. Inventa miles de proyectos y escribe miles de propuestas, a ver si alguna sale, y mientras tanto corre al médico, al mecánico, al odontólogo, al oftalmólogo, al ginecólogo, al banco; prepara de comer para niños y bestias, se olvida de comer, come cualquier cosa, come de más; cambia bombillos y pañales, riega las plantas, escribe a los amigos, escribe un poema, se interroga sobre su destino y su misión en la vida, tiene dudas, tiene pilas de libros por leer y montañas de ropa por lavar.

Compleo de Pippi: 
Tiene la convicción de contar con un cofre mágico repleto de una herencia que nunca se acaba, con la cual pagar todos sus caprichos. Es una trasgresora convencida desde la infancia e inevitablemente se enfrenta a las figuras autoritarias, ya que siempre quiere hacer lo que le da la gana (que nunca es lo socialmente aceptado) y se rige por leyes personales más bien que sociales. Sus preceptos de limpieza, estética y convivencia serán de lo más peculiares, todo lo cual justificará con los más curiosos argumentos y cierta dosis de humor, que no hacen más que esconder el gran dolor de sus pérdidas.

Complejo de Ariel (La Sirenita): 
A ésta, lo único que le interesa es una criatura de otro planeta, que no se le parece en nada, pero a quien se empeña en salvarle la vida y por quien está dispuesta a entregar lo más preciado que tiene, con tal de tener la ilusión de parecérsele y de regalársele. Puede llegar a una insistencia fastidiosa en este respecto, y las formas más severas de patología incluyen la convicción de una fatal sublimación por la vía de esta ordalía o sacrificio. Mientras tanto, no se ocupan de ningún asunto terrenal, pues les duelen demasiado los pies. 


PSICOPROFILÁCTICA DE FRACASOS



Primero perdí la luz de la infancia y sus poderes
perdí cinco casas gané en orfandad

el trabajo se fue muy largo al carajo
otro me dejó un anillo al dedo
con táctica de venado se me desvaneció
mi gemela favorita
para no perder la costumbre te conocí
entonces la pérdida fue cotidiana
y completa

(Cuida tu sed atiende
cuida tu hambre
un hambre buena no se encuentra
a cada mal paso)

Shackleton zarpó el Apolo 13 despegó
los jamaiquinos decidieron competir
en olimpíadas de invierno
yo me senté al telar para esperarte
rodeada de cajas y restos de mudanza
a medio témpano flotante desolada
sin saber qué instantánea salvar del cataclismo
qué talismán del álbum de emergencia
era el momento de afeitar las barbas
llorar los perros seguir andando

(Tú, -que nunca conociste las maneras
todas en que te amé con qué fervor
fuiste mi dueño y te serví
tú que nunca supiste-
fuiste mi victoria mayor)



MANZANA Y VIOLACION



A veces tenemos la ilusión de estar a salvo de aquellas obsoletas maneras de pensar. Pero entonces una camarera de hotel decide hablar, y nos toca volver al viejo mito edénico.
Lo interesante es que se nos obliga a mirar un evento tristemente frecuente pero negado, ignorado, pasado por alto o por debajo de cuerda, agachadito, debido a que esta vez el personaje protagonista tiene una elevada trascendencia política. O tenía.
Ahora resulta que algunos partidistas de Dominique Strauss-Khan acusan a la camarera de haberse casi dejado violar, con oscuros propósitos:
Ella no es la víctima, es la principal sospechosa: siempre hay que dudar de la integridad de la mujer, especialmente si denuncia una agresión sexual. Me sorprendió que sus vecinos corroboraran, con las mejores intenciones, que se trata de una mujer discreta, sin lo cual no tendría derecho de reclamar nada. Si fuera una prostituta en sus ratos libres, por ejemplo, no podría quejarse de que intentaron violarla. Todavía no está claro para todos, que la violación es un acto de violencia extrema, que tiene que ver más con poder y humillación, que con sexo. Sin embargo, la mujer debe sentirse, además de agredida, culpable. Porque siempre será sospechosa de ser la tentadora, de llevar ropas provocativas, de exhibir comportamientos que prácticamente obligan al hombre a demostrar su superioridad sexual. Eva sigue siendo la culpable de todos los pecados del mundo.

De hecho y para demostrar lo que digo, se está jugando ahora con el hecho de que la camarera podría tener sida. El razonamiento lógico es el siguiente: como vive en un lugar donde viven personas VIH positivas, automáticamente ella debe ser portadora también, lo cual demuestra que ella no es tan inocente como quería presentarse (ser VIH positivo todavía lleva su carga de condena social, aparentemente, por más increíble que parezca). Poco importa el tipo de asalto sexual, con tal de suavizar la culpa de él. El honor del hombre siempre debe ser cuidado muy especialmente, más especialmente si es un hombre político.
Porque el hombre, por su parte, siempre es disculpable: sus instintos animales pueden más que su civilización, la carne es débil, uno es humano. Desde los días de Adán, si se come la manzana es porque Eva se la puso en la mano. Tan es verdad, que su esposa acude en su defensa:
Finalmente, me pregunto cuál es el peso de lo que la religión nos inculca: para empezar, desde el Edén la mujer es la primera pecadora, la responsable del pecado; por otra parte, la religión te permite hacer desastres, ya que después una confesión pública con acto de contrición y bula papal te dejan inocente y puro, listo para la próxima marramuciada.

Recientemente escuché defender la idea de que las mujeres que son violadas, son responsables por ponerse ropas provocativas. Eso es “como salir a la calle exhibiendo un reloj caro”; eso es “como agitar un trapo rojo frente a un toro”; eso es “como presentarle a un león enjaulado un bistec”. Excelentes ejemplos, maravillosas imágenes: dejando de lado lo que me toca como mujer convertida en un trozo de carne, está claro que el hombre se identifica tranquilamente con un ladrón con causa, o preferiblemente como una bestia sin límites, sin control sobre sus instintos más básicos y salvajes. Se jacta, incluso: eso lo hace “más hombre”. Ahí están Clinton, Arnold Schwarzenegger, y por supuesto los excesos lamentables el premier italiano, que se lleva la palma. Pero para los italianos, su hombría es lo más importante, una hombría que evidentemente se aloja en los testículos. Les parece espantoso castrar a un gato macho: mejor muerto que castrado; sin embargo, castrar a una hembra es en su opinión, mucho más sencillo y justificado.

En este marco de ideas, no queda más que aplaudir con entusiasmo la iniciativa SLUTWALK, surgida este mismo año en Toronto, a raíz de un comentario policial que demuestra que se sigue pensando que las mujeres son las culpables de ser violadas; pero me pregunto si algunos recalcitrantes lograrán entender el mensaje.

Una pequeña anécdota para terminar: de los últimos chismes sobre el destape del gobernador de California me entero por el vendedor de tostones en la cola del tráfico de las seis de la tarde para entrar a la Universidad Central. En una larga conversación filosófica promovida por la lentitud de nuestro avance, me cuenta que era guatemalteca, y que seguro ella había sido más cariñosa con Arnold que su esposa, y eso que la esposa es más bonita mientras la guatemalteca es fea, feísima. Su explicación lógica apoya y resume todo lo anterior más la idiosincrasia masculina: « Tú sabes: uno es humano », me repite, con un guiño. 

(lo siento, no hay poemas para este post)
Zeus seduce a Calisto, disfrazado de Artemisa.

EL CUENTO DE LA AGUJA

VASSILISSA, tan sabia como hermosa Y LA AGUJA

Volví a leer el cuento, para compartirlo con ustedes. Era uno de mis cuentos favoritos infantiles, dentro de un librito de cuentos rusos que en algún momento desapareció. Después (mucho más tarde) leí la versión y la interpretación de Clarissa Pinkola, la muñequita como la intuición femenina y la herencia que pasa de madre a hija, un legado que corre por vía matrilineal y que debemos aprender a oír y a alimentar, para que nos cuide. También me gusta su lectura del pago de humildad a la bruja (la cuarta luna, la anciana sabia). 

Este cuento incluye también unas labores, como la separación de distintos tipos de semillas, que recuerdan sospechosamente las tareas de Psique, quien a diferencia de Hércules que usa la fuerza bruta y por eso se tarda tanto, se hace ayudar por bestias menudas y un rosal. Y además es una versión femenina del mito prometeico de la búsqueda del fuego y la luz, así que es recomendable volverlo a leer (versión completa aquí). 

Esta vez, me llamó la atención, en este cuento de mujeres y sólo mujeres, la mención a las agujas y los alfileres. Las hermanas no necesitan ir al bosque –donde sabemos que ocurren las experiencias iniciatorias—porque las iluminan la luz de sus alfileres, la luz de sus agujas, como bien había previsto la madre. Lo que me remite a la antropóloga Mary Douglas (la misma del terrible De la souillure, certeramente traducido por Purity and danger), quien recupera la versión francesa del cuento de la Caperucita Roja (Estilos de pensar, ed. Gedisa 1998). Cuando el lobo se encuentra con la niña, le pregunta si va a irse por el camino de los alfileres o el camino de las agujas. Lo que ella elija no importa, pero la mención de estos instrumentos de costura (y aquí recuerdo la frase de Louise Bourgoise sobre las agujas, que sirven para herir y también para remendar) se refiere veladamente a los roles femeninos: los alfileres no tienen agujero, sirven para uniones transitorias; las agujas deben ser ensartadas y al emplearlas con pericia sirven para hacer uniones permanentes. Para confirmar esta relación, hay tradiciones que asocian los alfileres con el cortejamiento y la época del noviazgo. 

Al final del cuento, Vasilissa hila, teje, corta y cose (recordemos las Parcas o Moiras), es decir, pone en práctica esos instrumentos. Muchachas, ¡a sus agujas! De donde, sin querer queriendo, nacieron hace un año Miranda, muñeca de trapo, y su gemela oculta. No sé qué mensajes dirán al oído de mi intuición, pero coserlas y darles vida fue una preciosa experiencia levemente regresiva y llena de simpáticas sorpresas. Como tantos ejercicios creativos que nos recomendara  Julia Cameron. 

«I’ve always had a fascination with the needle, the magic power of the needle. The needle is used to repair the damage. It’s a claim to forgiveness.» 
Louise Bourgeois.

El libro completo Mujeres que corren con lobos.
(escrito el 31 de marzo, 2010)

LA SEGUNDA PARTE DEL CUENTO (primera parte)


Los héroes hacen muy malos amantes. 
Lo saben bien Ariadna, Medea, Brunilda y tantas otras; pero es Dido quien recibe la verdadera explicación (lo que no la salva del dolor): Eneas debe partir, porque su destino heroico es más importante que el amor. Los héroes saben que este episodio amoroso no es más que una etapa de su formación de héroe, y mientras están concentrados en su viaje, realmente no se interesan más que por sí mismos; y velozmente huyen en su corcel o velero, si se encuentran con algo que pueda frenar o detener su gesta. 

Los cuentos de hadas nos daban pistas, antes de ser mutilados y domesticados para satisfacer intereses comerciales más bien que servir a su propósito instructivo y recoger el destilado del viaje de la humanidad. 

Ahora el cuento acaba con el beso y luego nos dan perdices; pero originalmente la historia continuaba y la doncella tenía ocasión de hacer su parte del trabajo. Tomemos el ejemplo de la Bella Durmiente: los hermanos Grimm (la Bella Durmiente) la tomaron de Perrault (la Bella en el Bosque Durmiente, la diferencia es importante) y éste de Giambattista Basile (Talia, el sol y la luna), aunque, como sucede con todo cuento sólido, hay más ejemplos y variaciones. Después de despertar a la doncella dormida (o de dejarla embarazada sin más, para que despierte en el parto), el héroe regresa a su patria y la olvida inmediatamente. Entonces comienza la segunda parte del cuento. 

La heroína comienza ahora su viaje, que consiste en resolver dos tareas: encontrar a su esposo, y devolverle la memoria. La primera tarea no es fácil, el esposo está en el País de Irás y No Volverás, en los confines del mundo. Ella tendrá que gastar zapatos de fierro y hacerse ayudar por ogros y vientos caníbales y hasta un pajarero, para dar con el paradero de este caballero elusivo. Y llegará a verlo justo en el momento en que se está casando con otra. Y aquí viene la segunda parte de la tarea: despertar al amnésico (nótese la hermosa simetría: ahora es él quien está dormido). Con alguna astucia mágica (que a veces involucra la inmolación personal) eventualmente lo consigue, y entonces pueden por fin celebrarse las nupcias sagradas. 

Algunos nunca despiertan. Esto aplica para tanta historia de amor incompleta, por supuesto, pero su aplicación más útil tiene que ver con la armonía de los eternos amantes interiores, ánima y ánimus.

La Historia Inmortal de O


o: sabiduría del erotismo literario 
 
Las últimas frases, el colofón de l’Histoire d’O implican que para Ella (que aquí no sólo representa a la mujer como género, sino también a la parte sumisa, la que consiente, la que se anula), vivir no tiene sentido si él pierde interés por ella. No sólo: ella decide morir, y él lo consiente. Con estas tres últimas palabras y su posible doble interpretación se subraya la perversión: él la deja morir porque no le interesa, o porque con ello complace el deseo de ella, es decir, se trata de un gesto de generosidad. 

El caso de Histoire d’O es transparente: la protagonista se la ha emasculado hasta de identidad, no tiene nombre y su inicial equivale a cero. (También se parece al dibujo de la boca de esas muñecas siempre prestas a satisfacer a su dueño). Ella es marcada con la marca de él, con sus iniciales, con la prueba de su posesión absoluta. La mayor perversión, sin embargo, no sucede a nivel corporal, sino en la portada, pues firma una mujer aunque escriba un hombre: el hombre pone en boca de mujer su deseo de ser dominada y anulada: él la maltrata porque eso es lo que Ella realmente desea, por lo que pierde el derecho a la queja. Al maltratarla, él la está complaciendo, lo que le libera de toda culpa. El deseo femenino pasa por la sumisión, es su vocación y la moraleja de esta historia. No sólo leer es peligroso, escribir también lo es, pues cada palabra impresa (con el potencial de ser leída y difundida) es semilla que se propaga en el viento y puede echar raíces de largo alcance. 

En Nueve semanas y media, que sí fue escrita por una mujer, por lo menos hay una redención in extremis: la Ella que habla en primera persona entra en conciencia de su propio abandono, empuja aun un poco más allá los límites para hastiar totalmente cualquier resquicio que pudiese quedar, y finalmente se salva. Toda la experiencia es un viaje, una ordalía. El primer atisbo de recuperación de la conciencia llega con un pescado muerto y el contacto con el artista viejo que vive en extrema sencillez en medio de la natura y el silencio, suerte de rey pescador que sirve para señalar el camino, aunque él mismo no pueda andar. El desenfreno se plasma gráficamente en el vernissage, donde el público gesticula grotescamente, se ceba en la inocencia del artista-pescador, como un cordero ofrecido en sacrificio, y desguaza el salmón (otro pez, evidentemente) con más tedio y saña que apetito. El abandono de sí misma se revela simbólicamente en el mundo vegetal, la resequedad y muerte de su jardín interior, y es por ahí, regando las plantas abandonadas, que comienza su recuperación. Ella ha logrado sobrevivir, a costa de la pérdida de su inocencia. Se ha librado con poco. 

Leo en Emanuelle: el deseo de entrega de Ella iguala el deseo de él de poseerla. a) Entrega: cesión, renuncia, sumisión, en último término, anulación. b) Posesión: captura, conquista, dominación, pertenencia, ganancia. ¿Son equiparables y complementarios? Complacer los deseos de él implica satisfacerlo en todo, actuar según sus deseos antes que los propios, implica permisividad, aquiescencia, es decir consentimiento, y al mismo tiempo estar dispuesta a consentirlo en todo (doble significado muy pertinente); también renuncia (de sí misma, y por tanto negación, anulación). Humillarse para complacerlo se considera parte de la demostración de entrega. Implica que Ella no tiene ningún rasgo que la salve de su desvarío, nada que obstaculice la entrega, ninguna partícula de apoyo y referencia dentro de su propia unidad regidora. La existencia de Ella estriba y se cifra en conseguir la fórmula de la entrega más absoluta, de volverse más objeto en manos de él (o menos), ni individuo ya, ni sujeto. El deseo de entrega deriva de su amor: es la demostración última de su dedicación apasionada y desinteresada, y su característica destacada es que ocurre voluntariamente. Este es un punto que interesa (a los hombres, al dominante) destacar, de modo que se libran de toda responsabilidad, pues es deseo de Ella entregarse, anularse, diluirse entre las posesiones de él. 

Sobre todo, no pide nada a cambio: su última voluntad es la entrega sin retribución. Cuál es el deseo último de la naturaleza masculina? Conquistar, poseer, con más ganancia cuanto más le cueste, cuanta más violencia exija. El esfuerzo para conseguir su trofeo le agrega puntos a su triunfo. Así conquista tierras, vetas, espacios submarinos y siderales, con una necesidad imperiosa de penetrar a fondo, desgarrar para imponer su huella, plantar bandera y al fin suspirar satisfecho por su hazaña. Parece que estuviera inscrito en la testosterona. Así se deleita en la ebriedad de la caza al tigre, al león, al elefante, al rinoceronte. Con esa otra especie, la mujer, es fácil (y deleitoso, se estima) aplicar el mismo tratamiento. 

Cuál es, pues, el deseo último de la naturaleza femenina? La entrega, dicen los hombres. Pero no me convencen. Es un argumento que conviene demasiado a sus propios deseos. Hay quien dice que Ella lo que quiere es ser la elegida, lo que me lleva poéticamente al cantar de los cantares. Quiere destacarse entre la masa, ser importante para él, la más importante, su Sulamita; quiere que la distinga con su interés entre todas las demás, y por eso está dispuesta a hacer cualquier cosa que le permita mantenerse en esa posición ventajosa, incluso entregarse (último galardón en el amor cortés), incluso complacerlo de cualquier manera, incluso humillarse, incluso aceptar que haya concubinas, mientras mantenga su estatus de primera esposa o de elegida de su corazón. Esta hipótesis indicaría al mismo tiempo, la necesidad de una validación externa: Ella existe, en tanto él la señale. 

Definitivamente me gustaría más poder irme por un tercer camino, y decir que Ella lo que desea es complacer: otorgar placer. Se deleita en el placer que ofrece al otro. Así hornea galletas sin aspirar a ser llamada chef, tiende la cama, se dedica a profesiones de artes amatorias y a la maternidad (discutible en este caso la ofrenda de placer, pasada la etapa de la lactancia). Ansía ser vulnerada, si eso es lo que complacerá a su amante, pobre cazador. Está dispuesta a sacrificios de amor, no sólo para su hombre y sus vástagos, sino para la humanidad en concreto y en abstracto. El placer del otro la justifica y la valida, nuevamente se aplica la validación externa. Pero tengo dudas, me temo que haya que asumir que ella se conforma con ser una elegida, asumir con ello su necesidad de validación externa, asumir ese barranco y ver qué hacer con ello. 

APRENDER A RESPIRAR


Los monjes budistas construyen mandalas de colores a lo largo de varios días, y luego los destruyen. Con esa actividad laboriosa y aparentemente inútil se ejercitan en la ineludible impermanencia. Yo limpio cada mañana la caja de arena de los gatos… Es un trabajo que hago a conciencia, con método y mucho cuidado, prolijamente. En pocos instantes estará de nuevo llena de caca; pero no por eso me esfuerzo menos. Meditación activa; mismo principio de los mandalas de arena.

Hay muchas labores femeninas que son humildes y de efecto poco duradero: lavar platos que en breve volverán a estar sucios, barrer el patio, tejer un sudario para deshacerlo por la noche. Son labores de la estirpe de Penélope: el verdadero alcance de su gesto no está en detener el tiempo de los pretendientes, sino en suspender el tiempo lineal, en forma de flecha, masculino, y reinstaurar el tiempo circular y femenino, el tiempo repetitivo y permanente en que se gesta la vida.

La mujer históricamente se ha dedicado a gestos efectivos en sus resultados, pero repetidos, humildes y monótonos: hacer girar la rueca, pilar el maíz, rallar la yuca. La agricultura misma consiste en gestos repetidos, el conuco es del dominio femenino. Para el hombre la cacería, el acicate del resultado azaroso, la demostración de bravura, coraje y fuerza: un desafío a la muerte…

Desafío inútil, la muerte no recoge el guante. Para contradecir a la muerte, quizás la estrategia de la mujer sea más eficiente, pues el gesto mínimo detiene al tiempo. Metáfora hermosa, que valora el peso de cada hormiga en el diseño final: no el guerrero que destaca entre los demás y así gana un puesto en la Historia, sino el anónimo (persona, objeto, fragmento) que nos da de comer –nos nutre el alma—sin  pedir a  cambio ningún reconocimiento, sin tener conciencia siquiera de cómo ha enriquecido por un instante nuestro quehacer cotidiano.

Hay hombres que logran enfocarse tanto en su objetivo, que no hay espacio para ningún instante de distracción, y son admirables en su concentración y perseverancia, y desde luego obtienen –conquistan—sus grandiosos objetivos; pero (como nos enseña la fábula La caída de Eduardo Barnard, de Somerset Maugham) hay una dicha especial en la renuncia a los grandes proyectos, a los logros cuantificables y el poder que generan, al éxito profesional, al temor al fracaso, a las distinciones convencionales entre lo que ha de hacerse y lo que no, a la preocupación por la aprobación y el respeto de los demás, en aras de la satisfacción íntima y serena que proviene de la capacidad de llenar cada instante con ocio, belleza, y el disfrute de los gestos triviales. En cuanto a la sinceridad y la bondad, son un lujo caprichoso, bienvenido cuando se presenta pero del cual es mejor no hacer depender la propia felicidad.

No es indispensable cumplir con destinos heroicos, hacer grandes hazañas, dejar huellas magnificas, acumular pecunia o “carga”, hacer viajes excepcionales o incluso tener una muerte digna de mención: saber respirar es suficiente, aunque claro, hay que aprender a respirar.


II PARTE DEL TEMA DE SIEMPRE


No sé cómo es que se supone que los grandes poetas de amor son de raza masculina, cuando somos preferiblemente las mujeres quienes, dejadas macerando en nuestras fantasías amorosas –que desgranamos como el rosario y embellecemos con toda clase de adornos y unciones, pluricotidianamente–, estamos en un constante diálogo con el amado ausente, lanzando infinitas botellas al mar; mientras el que nos hace suspirar, sufrir, temblar y ultimadamente (en el mejor de los casos) evolucionar, está picafloreando en todos sus otros intereses y expandiéndose chapoteando en la infinita libertad de su vida independiente. El hombre, marcado por el destino del héroe, está hecho para las grandes hazañas, la conquista y el desprecio por lo débil. La mujer, que no necesita conquistar nada ni demostrar su florecimiento por ningún rito de paso simbólico, pues la naturaleza se encarga de no dejar dudas al respecto, está hecha para llevarle al encuentro con lo sagrado.

¡Hombres que sois amados! Abandonad el desprecio y la actitud de águilas planeadoras; pues toda entrega es sagrada, todo encuentro un milagro, e ignorarlo es Pecado Capital. La prueba última, la que demuestra al interior del corazón mismo, el último juez, el propio valor, es aprender a amar, ése es el reto.

¡Mujeres que os resistís a amar y ser amadas para evitar sufrir! No es necesario fingir altivez. El poder está en el centro justo del cuerpo, sólo hay que entregarlo a quien designen los dioses.

Y sobre todo no quiero escuchar quejas y reclamaciones indignadas sobre pretendidas igualdades: ya se quemaron los sostenes, lo que en su momento hizo falta, y ahora toca restablecer un orden en que cada bando reconozca su lugar (de diferencia), desde el respeto, para poder volverse a encontrar.

La alegría suprema no está en ejercer el dominio sobre el otro ni en tener la seguridad de saber que el compromiso durará para siempre (ilusión); sino en entregarse por completo y fundirse con el dios/la diosa que el camino nos ofrece, dejarse trabajar por las manos sabias del amor.

En un cuento (de ¿ciencia-ficción?) que leí recientemente, se llevaba a cabo un experimento de mejoramiento de la raza humana. Partiendo de la evidencia de que los niños criados por animales salvajes se convierten en parte de la manada y no en humanos, se concluye que el ambiente que rodea al niño durante su crecimiento es lo que determina la verdadera evolución del hombre, la posibilidad de desarrollar ese famoso 80% de la capacidad cerebral que siempre se queda intocado. Crean pues una pequeña comunidad aislada del mundo, un ambiente estrictamente controlado en que cierto número de niños recién nacidos son criados envueltos en amor y apoyo continuos, sin represiones ni castigos ni violencia de ningún tipo. El resultado es que se desarrollan hasta extremos insospechados sus habilidades y sobre todo que las relaciones que estableces con el resto de los seres vivos están marcadas por la comprensión empática y el amor desapegado (puesto que no hay nunca separación). El resultado en el mundo exterior evidentemente es que suscitan pánico. Pero lo que me interesa aquí es si hay la posibilidad de hacer reingeniería de nuestras convenciones, miedos y condicionamientos aprendidos, y repartir abundancia a todos, sin quitar a otros. Piso el terreno de la utopía, lo reconozco, y el peligro de las utopías es que cuando se ha creído ciegamente en ellas al punto de querer imponerlas por la fuerza, para el mejoramiento de los pueblos, se han establecido por el camino de la violencia, de la glorificación de la violencia incluso, y es la parte que a mi entender desvirtúa el ideal original.

Muchas veces me pregunté qué clase de relaciones humanas se establecerían, qué tipo de sociedad florecería, si todos pudiéramos saber lo que sucede en la cabeza de todos los otros, en profundidad, hasta reconocer que finalmente todos, lo que queremos es que nos quieran.

¿No haces circular los mantras del Dalai Lama y las maldiciones encubiertas en oraciones amenazantes? Pues que rueden estas reflexiones, no sea que aporten su granito de arena, y ni siquiera tendrás mala suerte si no lo envías en los próximos cinco minutos.

Además, tengo mucha curiosidad por saber qué puede volver a mi buzón, y en cuánto tiempo...


LA GRAVEDAD Y EL TEMA DE SIEMPRE


Vi un trozo de película (para que vean que la televisión sirve para algo) en que un matrimonio muy convencional, de algún suburbio subinglés, había comprado un aparato de gravedad barato, con la consecuencia de que funcionaba defectuosamente (no sé cómo se las arreglaban antes de haber comprado el artefacto): de pronto ya no había gravedad y los invitados a cenar se elevaban de sus asientos y se despidieron apresuradamente, el hombre intentando arreglar el trasto le dio unos golpes y todo se pegó a una pared, unos golpes más y todo volvió a caer al suelo. Lo que me gustó fue la idea de que la fuerza de gravedad fuera una comodidad opcional, y de calidad variable. Cuántas cosas damos por sentadas, qué fecundo ejercicio el imaginar qué sucedería en nuestras vidas sin ellas.

1. El huevo ya no se cotiza (no escribí esto ya en otro sitio?) Antes, la mujer podía escoger entre los machos que la pretendían (véase el espectacular caso de las aves del paraíso, que a pesar de lo que pueda haberse dicho en los gabinetes de curiosidades, sí tenían, y las conservan, patas); esta prerrogativa provenía del hecho de poseer un tesoro único: el huevo. El macho posee por supuesto su complemento, pero en tan gran abundancia que tanto le vale ponerlo aquí o ponerlo allá, a quien se lo acepte. Por ello el macho ponía gran cuidado en acicalarse con plumas y los más ardorosos comportamientos que convencieran a la hembra de confiarle su huevo, o más bien a aceptar sus galanterías para dedicar su huevo a mezclarse con la memoria genética de aquél.

Sin embargo, las cosas han cambiado humanamente hablando: pues el huevo tiene muy poco atractivo, por lo contrario: la presencia evidente del huevo deseoso de ser fecundado se convierte en amenaza, algo que quiere evitarse a toda costa (quizás una explicación adicional al creciente atractivo de los femeninos vientres mientras más planos mejor, aunque por otra parte no explica los aumentos desorbitados de tetas, que deberían, al menos biológicamente, llamar al amamantamiento de la cría). Habiendo perdido la hembra tal ventaja, y con el agravante de la proporción demográfica según la cual a cada hombre le tocan ocho, leyendaurbanario o no, se ve relegada a la postura de suplicante. El macho ya no debe correr tras el ansiado huevo y convencer a la hembra de mirarlo, sino que se echa cómodamente a recibir propuestas cada vez más atrevidas por parte de las ansiosas féminas, las cuales no hallan ya en qué palo ahorcarse porque los hombres que valen la pena son gay, casados (carne bastante más apreciada y sin reparos comida que la del primo) o ya fueron novios y no están dispuestos a la reincidencia (escarmentados y no les faltarán razones, pero más las suyas propias que las que achacan a ellas). Los poquísimos machos disponibles están tan solicitados por hembras dispuestas a cualquier pleitesía, que pueden cómodamente decidir qué mensajes contestan y cuáles no, agobiados por tanta solicitud, y no están para nada dispuestos a perder su grandiosamente cacareada libertad por encerrarse con una sola, no señor. Mucho mejor que sean numerosas y variadas.

Todo esto plantea nuevas dinámicas en las relaciones de pareja. Los modelos habituales de matrimonios monógamos con esposas dedicadas, dispuestas a soportar que sus maridos echaran una canita al aire de vez en cuando, se verán fortificadas, blindándose contra la presión amenazante y mucho más voluminosa de los solteros-pachás rodeados de un harén flotante y en permanente renovación, de féminas anhelantes y pan-complacientes, de cada vez mayor peligrosidad. Los comportamientos de cuaima se multiplican (engaños, manipulaciones, triquiñuelas, deshonestidades) junto a la competencia entre ellas, con lo que llegarán a desarrollar, como antaño los machos desplegaron cornamentas y abanicos caudales de vistosas plumas, abiertas batallas, quizás precisamente a punta de globulares pechos. Vistas en conjunto, las transformaciones corporales a las que se someten las hembras presionadas por la necesidad de conseguir un macho: aplanamiento de pecho y caderas, abombamiento de labios, pechos y glúteos, depilación integral, cejas depiladas y tatuadas en arcos perfectos de asombro extático, inmovilidad cerebral o mímesis de ella, apuntan a unas apetecibles muñecas inflables, que harían las delicias y tormentos del buen Wilt. Vaya por dios, con la evolución.

2. Somos, sin embargo (al menos algunos, pues esta raza es rara) unos quijotes del amor: hemos leído (y visto en el cine) tantas historias de amor que el juicio se nos ha trastornado, y queremos ver el mundo a través de esos ojos delirantes, viendo señales del destino y encuentros predestinados por doquier, negando la triste realidad de molinos y mujeres harapientas, pues nuestras fantasías iluminan con ventaja la sordidez de las relaciones pasajeras, desangeladas, sin ningún tipo de compromiso o ganas de dejarse trabajar por el amor. El trabajo interior del Quijote, fruto del universo personalísimo que le han tallado las novelas de caballería, se proyecta con tal fuerza sobre el mundo real, que éste comienza a ofrecer una perfecta correspondencia con las ideas que el buen hidalgo se ha hecho de las cosas...

Queremos creer, oh, queremos tanto creer, porque el mundo de Sancho Panza se nos hace árido y vacío, por sensato que sea. Queremos creer que hay más que la comodidad del cuerpo y la satisfacción de los impulsos fisiológicos. Queremos creer en esa chispa inexplicable que hace tender el cuerpo todo y el alma hacia el objeto del deseo, musitar su nombre secreto en sueños, donde no nos alcance la realidad terrestre, y que estremece recuerdos y certezas herméticos.

Un ejemplo conmovedor de dedicación y constancia amorosa: la historia de Kentaro que sigue cuidando a su esposa sexagenaria Toshiko, víctima de una embolia cerebral hace más de diez años. La mejoría de ella se debe a los cuidados amorosos de su marido: estimulación constante, revisión de lugares y experiencias conocidas, volver a sitios visitados, por ejemplo ir de compras (en todo ello habría que estudiar el efecto de la noradrenalina). Él lleva un diario donde va registrando esta lenta mejoría a lo largo de diez años, y al cabo es capaz de decir que ya no sabe quién es el maestro y quién el alumno en este proceso de mutua recuperación… (EL CEREBRO: NUESTRO UNIVERSO INTERNO, narrado por Suzuki, visto en ValeTV un domingo en la mañana, Discovery Productions, NHK-NHK Creative, 1994.)

El amor no atiende a reglas. El amor nos trabaja según sus propias razones, y estar en sus manos es un privilegio. El tipo (objeto del amor), la tipa (verdugo, obsesa delirante, ay del que tenga más de una, mucho necesitaba amor para hacerle entender algo) son instrumentos, un pretexto. Pero qué raros son los afortunados que se entregan voluntariamente en sacrificio.


AMOR Y TRIQUIÑUELAS EN LA EDAD DE HIERRO


Sansón era feroz y muy fuerte; éstas son sus características destacadas, y no son necesariamente cualidades. Todo esto sucede en la edad de hierro, cuando los filisteos son más fuertes porque dominan la tecnología del hierro, mientras sus adversarios, los israelitas, son un pueblo rural que debe valerse de ardides, artimañas, tretas, estratagemas (a veces de moralidad dudosa) para vencer al enemigo. Las armas de que dispone son la fuerza bruta (poco fiable, como se verá) y la astucia.

Episodio del león: el acertijo reza “Del depredador salió comida, de la fuerza salió dulzura”. ¿Es simplemente un acertijo, o una alegoría más profunda? Lo que es raro es que Sansón, obviamente un poco bruto, haya conseguido forjar él solito una adivinanza tan elaborada. ¿Habrá recibido ayuda divina, o un empujoncito de los notables de su pueblo, quienes viendo la susceptibilidad de Sansón, podían calcular el desarrollo de los acontecimientos futuros?

Mata a mil con una quijada de burro. ¿No es una alusión directa a Caín? Con su violencia desatada, demuestra ser un descendiente directo de la raza maldita. Es violento, fácilmente se inflama y estalla en furia, y esta furia lo ciega. En cualquier caso, lo mueve la sed de venganza.

No sigue los preceptos ni las indicaciones de su pueblo; de hecho, se refugia allí con todo un ejército enemigo detrás de él, poniendo en evidente peligro a su pueblo.

Después de una noche con una prostituta (filistea), sale llevándose las puertas de la ciudad (¿otro símbolo?). Y luego conoce a Dalila.

Dalila es una tejedora. Posiblemente también sea un bicho raro, pues vive sola…
Es comprada por una gran suma de dinero en plata, pero pareciera más bien que quisiera probar cuál es la extensión del amor de Sansón. Por eso le pregunta insistentemente cuál es la raíz de su fuerza, a ver si él se atreve a revelarle su debilidad, es decir a desnudarse, hacerse realmente vulnerable en sus manos. Es sencillamente una mujer, que practica una estrategia por lo visto tan antigua como la cerveza, sin haber caído en desuso.

“Si me atas con siete cuerdas nuevas (y otros supuestos métodos para dominar su fuerza), perderé mi fuerza y podrás hacer de mí lo que quieras”, dice él; y ella prueba cada una de las maneras que él sugiere, pero ninguna es cierta: hay aquí un juego de poder, bondage primitivo, BDSM sutil… Cuando ve que es engañada uno y otra vez, ella se vuelve insoportable: él le está mintiendo, no le revela su poder, no se abandona a ella. Finalmente, él cede, agotado, agobiado: revela que su poder reside en sus cabellos: “Nunca se ha pasado la navaja por mi cráneo”.

No será por los cabellos, pareciera más bien un símbolo de rusticidad, cierto carácter virginal. Sansón es un bruto, una bestia, una especie de Parzifal.

Cuando finalmente revela su secreto, cae en un sueño mágico, extraordinario, del que no se despierta aunque le estén rapando el cráneo. Quién sabe cuál es el significado real de este sueño enfermizo (o revelador). ¿Y cuál es el significado del gesto de Dalila? Igual que Judas, no parece estar tan interesada en las monedas: ella está tratando de comprobar otra cosa. Quiere saber si puede tener a este hombre en su poder, si puede efectivamente dominarlo completamente. Pareciera que estuviera tratando de probar algo que tiene que ver con su vida pasada, que estuviera tratando de redimir algún episodio anterior, que quisiera demostrar su propia fuerza, al domar al invencible. Quizás el hecho de que llame a los filisteos para que vean a Sansón en su poder, responda únicamente a la necesidad de testigos de su hazaña y de su poder.

Entonces él se vuelve ciego (otra alegoría, evidentemente).
Cuando es hecho preso, se lo ata a un molino para que muela el grano de los filisteos… pero esta imagen puede estar escondiendo el hecho de que fuera usado como macho para impregnar a las filisteas y que éstas pudieran mejorar su raza con hombres gigantescos y descomunalmente fuertes: se dice que Goliat podría haber llevado sus genes.

El final en el templo, cuando produce un terremoto matando con su muerte a más enemigos que mientras estuvo vivo, cierra la historia pero no aporta nada nuevo. Probablemente, dentro de los designios de dios no era más que un destructor, un instrumento ciego de la furia divina. Para algo necesitaría dios destruir a tantos filisteos, así como necesitó enviar incendios, y un diluvio en determinada ocasión, pero su historia de amor (su aprendizaje, su camino de iniciación, el mapa que dirige su destino) concluye cuando él se pone finalmente en manos de ella y revela su secreto,


HORIZONTE 9

te he visto seductor, brillante
como una muchacha sonriente y descarada
de brazos invitantes
juguetona y lánguida y perlada

te he visto calmado, indiferente
callado en el monótono repetir
de letanías iguales
opaco

te he visto tenebroso, rumiando
memorias atávicas, rencores
escupiendo peñascos de coral y concha fósil
como se escupe el hueso de la fruta

…y he sido
contigo




La mejor patria es un jardín

Cómo se abrazan fracaso y triunfo

Cada hormiga con nombre y apellido

buenas cosas que hacer con libros

Del ADN de cada casa

Migajitas

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Otras hormigas