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Si esto fuera un sueño, ¿qué interpretarías tú?


Si bien la interpretación de sueños y situaciones significativas en la vida tiene directamente que ver con la simbología del soñante, también me gusta comparar mi interpretación en el espejo de otras soñantes, pues así se comple(men)tan significados, y el sueño se enriquece con las palabras de una comunidad de afinidades y se convierte en un ritual de comunión, todas participan; así que he entregado mi día como un sueño para que otras lo vivan conmigo, y esto es lo que resulta de mis evocaciones y las suyas, combinadas.

MIL GRACIAS POR SUS APORTES...... y por la solidaridad constante. Al igual que cuando se echan las cartas, cuando se comparte un sueño ambos, el soñante y el oyente (tanto más si además aporta sus símbolos y evocaciones) participan de un momento de intimidad, y la magia de los símbolos bendice con su influjo a las dos partes. Por eso creo totalmente pertinente este sueño, precisamente hoy, DOMINGO DE RESURRECCION.

(Para ver primero el día como un sueño completo)

1) La copa: las emociones, los sentimientos, el amor; el útero, la maternidad, lo que contiene. El santo grial, la búsqueda del conocimiento sagrado que se emprende en una jornada por el bosque salvaje. Se me rompió en añicos: Lo que contiene ya no puede contener el derrame. Energías que se están liberando en el proceso de "limpieza" y memorias de estos días... es favorable que estas energías se liberen: cuando en estos momentos se rompen cosas en la casa, no deben pegarse y guardarse, sino que, como sirvieron para canalizar estas energías tal vez ya no tan favorables, pues ya cumplieron su función y ¡listo! salen de la casa, se botan, se liberan, se terminan, se cierra, muere.... El rey estaba triste… su amada estaba muerta: El rey, el sol, la luz: el conocimiento; el camino: la sabiduría. El rey triste: ánimus (parte masculina). La reina, la luna: lo femenino, la intuición, las profundidades, el inconsciente. La reina muerta: ánima, parte femenina en la cual se debe trabajar según las señales. El rey de Thulé y su copa de oro: la lealtad en el amor, el amor exclusivo: de esa copa sólo podían beber los amantes, nadie más ha de beber de ella. LA LEALTAD, el espacio sagrado entre dos personas que se encuentran. (Hoy, Domingo de Resurrección, dentro de mi huevito de chocolate-semilla llegó un perrito: símbolo inequívoco de lealtad). 

2) El aseo se llevó los ocho sacos de yerbajos arrancados con gran trabajo: (ocho tiene muchas caras, ahora no se las voy a ver). Ocho como la tabla esmeralda, ocho senderos de la iluminación budista, ocho trigramas del I-Ching, número perfecto (y octavo arcano del Tarot: Justicia más allá del entendimiento humano, cuando no es Fuerza). Estrellas de ocho puntas en la carta de la Estrella. Esperanza, camino correcto, meter las manos en el lago. Dejaron varios fajos, habrá que ponerlos en bolsa también: No ha de verse mi purgación, lo que boto es mío. Trato de deshacerme de lo malo, la maleza, lo meto en sacos, no se ven. Algo que tendré que cubrir, "envolver" y camuflajear para que se las terminen de llevar. Pero lo más importante de esto es que yo saqué las malas hierbas prácticamente a mano, sin usar ningún producto para "matarlas". Es como una limpieza muy profunda, arrancar yerbajos del jardín materno, de la casa/hogar, yerbajos jardineros, humanos. Importante que se vayan... 

3) Entró el gato como una saeta…: El gato, compañía, talismán, la intuición, las 7 vidas, el caer parada, la noche, París. En Grecia Artemisa en Egipto, una gata. La saeta, la espada, el gladiador, la gladiola. Con la espada separo, divido lo útil de lo inútil. ¡VIDA!!! … O también: El gato, prácticamente comiéndose al pichón, sobrevivencia, tal vez no, pero sí respuesta a su naturaleza devoradora, a su esencia felina. Está presente el tema de la vida y la muerte... Además estamos en plena Semana Santa... Es muerte de ciclo, cierre de cosas, para comenzar nuevos ciclos, nuevas cosas, ¿tal vez será eso el pichón alquimista? Esperemos una pronta resurrección... Ya que estamos en Pascua: el Duende Verde de la primavera, los brotes, renovación. El gato que es el que baja al inframundo y la noche es importante porque es la que salva (profundizar a ojos cerrados). …y de las fauces le arranqué un pichón de ave: TRAE VIDA!!! El pajarito es almita herida, ha de cuidarse, agárralo, dale comidita. Ni las plumas completamente formadas: Hasta que tenga las plumas listas ha de tener siempre ayuda de quién ya las tiene. La mayor importancia es la que viene de uno mismo, pero también a veces, cuando se atraviesan bosques oscuros (el de Blancanieves, el de Vasilissa, el de la Doncella Manca), hace bien tener al lado una mano amiga que nos ayude a encontrar caminos o linternas para guiarnos (todo cuento de hada incluye ayudantes de variada naturaleza: mágica, animal, humana o vegetal e incluso inanimada)... ahí es cuando los amigos verdaderos aportan su sabiduría y apoyo, y a veces compasión cuando hace falta. 

Y esto es lo que sucedió a continuación, porque los días son mágicos y propicios: 

Después de haber compartido mi mañana como un sueño, y de haberme preguntado cómo haría para alimentar a un pichón tan pequeño, el pichón voló solo, con sus propias alas, para mi inmensa sorpresa, y volvió a la vida salvaje y libre. ¡Buenísima noticia! El pájaro es el que podrá subir a las alturas cuando esté curado (alma pichona): lleva en sí mismo su curación. 

Y luego de leer los iluminados y amorosos mensajes, escuché nuevamente el camión del aseo, me asomé a la ventana con una premonición alegre y sí, se llevaron todos los yerbajos que quedaban, no hizo falta camuflarlos ni esconderlos, se me ha concedido el indulto, el don de la gracia, y no fue de gratis sino que me lo gané con recta actitud, un cambio aparentemente mínimo en el alma espiritual, un embarcarse en el viaje adecuado y correcto, todo comienza a volver a su cauce, HURRA!!!!! La limpieza es completa. Al menos de esta fase. Se está cerrando el ciclo de comprensión sobre esta etapa. 

Lo único que falta es que llegue una copa nueva, es inevitable. Y es curioso, pero desde que el pichón voló en mi balcón, llegan muchos pajaritos a jugar con las flores. 

Me acompañan y las extraño (casi tanto como me extraño a mí misma, pero estamos en camino).

Un poema de Sasha 

Me derramo en mi luz triste 
en mi profundidad muerta 

Me trabajo en mi jardín 
muda 

Ya cansada… 
Como una saeta entra mi alma 
la descubro, sus plumas en retoños 
voy a cuidarla, en ella derramaré agüita bendita 
un pedacito de sol y poquito de luna, así he de curarme. 

…a un viaje de distancia 
llegaré con el mar más azul en mis ojos 
y cuando llegue (en palabras) te los presto




La vida como un sueño

Noticias frescas del día: la vida como un sueño 

1) Para empezar, se me rompió en añicos una copa, lo que no parece muy importante hasta que se recuerda al rey de Kekulé o cómo era que se llamaba. (¿Cómo era que se llamaba? Hay un poema famoso. El rey estaba triste porque su amada estaba muerta, bebió una última vez en su copa preferida, y la arrojó a las aguas oscuras, así que estaba en un castillo en un risco sobre el mar nórdico. No era Kekulé, no, ese es el que sueña el anillo de benceno mordiéndose la cola como si fuera el ouroboros…). 

2) Luego, pasó el camión del aseo, muy bien, y se llevó los ocho sacos de yerbajos arrancados con gran trabajo y colaboración de jardinería prodigiosa, PERO dejaron los varios fajos, mardita sea, habrá que ponerlos en bolsa también. Por alguna razón, los basureros los prefieren bolsas. 

3) Luego entró el gato como una saeta, y de las fauces le arranqué un pichón de ave, una cosita mínima y temblorosa, que no tiene ni las plumas completamente formadas. 

Ahora, si esto fuera un sueño, ¿qué interpretarías tú?

(para ver las interpretaciones del día-sueño)

Y


No sé qué hago con mi tiempo. Vino un amigo de los tiempos de la infancia (cuando todo era tan luminoso y preciso, y el futuro tan hinchado y gordo como el presente) y me preguntó qué hacía, y no supe qué contestarle. Doy las clases, desde luego, y escribo algo. No es que avance mucho en la escritura. Leo también otro poco. Fragmentariamente y mal. Está la hora felina, en que miro los animales ser bestias felices y también humanizarse con la domesticidad, en lo peor: pagar sus frustraciones uno en otro, acobardarse, dejar el jugueteo impertinente de los cachorros por requerimientos individuales y mañas que los distinguen personalmente. Ando como en busca de algo, insistentemente, y me jurungo el ombligo una vez y otra, cesando sólo a ratos; y encima quiero traducirlo y voy y busco la manera de escribir y que sea bueno, sea lo que sea lo que eso signifique, y siempre creo que estoy a un paso de lograrlo y a un paso de la mediocridad más llana, a distancias iguales, terrible carrera de Aquiles y tortuga. Y leo y trato de seguir los caminos de la escritura y me admiro de la ingeniosidad y el tesón y el arte, y me siento desamparada y falta de instrumentos, y extensamente ignorante. Pienso mucho y para qué, o desvarío, y me revuelco en querer saber y conocer y entender, en ese orden o en otro, los desórdenes del corazón, del mío, y en medio de todo esto tratando de determinar a cuál mundo le debo raíces, si es que alguna tengo, y no teniéndolas, dónde he de abonar para que crezcan aéreas y epífitas, como las de esas plantas peludas que crecen en cualquier parte, pegadas de los cables de la luz, y uno se pregunta de qué comen y cómo lo hacen, un poco con envidia y otro poco con algo de asco porque no son como esas otras epífitas que se abren en flores nacionales en las repúblicas tropicales, y quizás aquí debería mencionar a Bolívar pero me asusta a estas alturas hacer una declaración de tanto peso.

Finalmente, cuando más feliz estoy es cuando no soy, disuelta entre las gentes, hermanados en lo anónimo: deslizándome sobre las aceras y atravesando calles desordenadas; por ejemplo, por esas curiosas cosas de la causa y el efecto, al comenzar por el mercado: atún fresco, mango a 4 quilos por 10, aguacate, yuca, apio, cuajada, queso telita, galletas italianas dos paquetes por 20. Y un paquete de flores de Galipán. Y un florero para ponerlas, con un ramo de eucalipto de ñapa. Hay días malos, pero de esos es mejor ni hablar, hacernos los locos y salir al mercado que viene. La otra gran manera es un libro, de ésos que chupan y te vas. O cuando me quieren y me acarician lento y rudo y yo soy felina bestia también y dejo de pensar por fin.

Y entonces quisiera comenzar todo de nuevo, y en efecto lo hago, pero es proceso largo y enrollado como el congorocho, y hay que volver a aprender a hablar y a mirar y descifrar el mundo, y con todo hay que acordarse de seguir pagando agua luz teléfono, y regar las matas, pobres, tan dependientes, y sacar las hojas secas y eliminar los piojos de alguna manera. Y también ir a los recitales de poesía para darse cuenta de que la poesía es asunto solitario, ni se diga si es erótica, pero de todas maneras cuánto no he leído: para darme cuenta de que no sé nada (tan poco de poesía como de béisbol), que mi ignorancia es del tamaño del mundo, cuando menos: ancho y ajeno. Y también sirven para dejar en claro que los poetas leen infinitamente mejor cuando leen las cosas de otros, pero luego antes de por fin leer tienen que explicarse y esponjarse para hacer reverencias a éste y el otro Maestro, con la mayúscula, por supuesto, y se conocen lo publicado y lo inédito y nos lo hacen saber y yo pienso que quisiera tener entre mis manos el poemario y leer sin tanta pompa, pompiers igual que los pintores, pero me hace bien esperar por el ritmo pausado del lector y descubrir las palabras una a una como caramelos gustosos, y me distraigo viendo los zapatos de la chica de al lado, una pelirroja rizada que escribe sobre papel pentagramado notas a su novio, al lado suyo e igual de tierno enamorado de la juventud que ignora poseer y de la poesía, y ambos siguen los poemas declamados en una antología ya imposible de encontrar, mil páginas marcadas con solapitas de tirro negro de electricista y subrayadas y anotadas por todas partes; y lo que más me gusta es que en el borde interno del zapato ella ha escrito con marcador negro: imagina los caminos.

Y no quisiera ser tan confesional pero habrá que tener paciencia porque esto es lo que hay, y finalmente acaso no es todo una confesión, si bien se mira. O quizás no.


EL BUDARE


Metáfora de identidad nacional

Pongo el budare en la hornilla mientras preparo la masa: el ojo calcula la cantidad de agua y la sal, se mezclan los ingredientes hasta conseguir la consistencia adecuada cuando los granos de harina se hinchan al hidratarse. Hay que dejarle tiempo de que la masa se hinche y se asiente, para que quede suave y las arepas no se cuarteen. Mientras tanto, una gota de aceite sobre la plancha de hierro caliente. Extiendo la grasa con la espátula, pero la superficie no está lisa y uniforme, hace meses que el budare se descascara en lajas negras, como si tuviera una extraña lepra.

Presa de un furor purificador (dicen que ocurre con las neuras), arremeto contra el budare, separando la capa más superficial. Ahora entiendo lo que pasa: no se trata del budare en sí, de su material intrínseco, que es hierro puro, sino de una capa carbonizada de años y años de grasa quemada y requemada, día tras día, hasta adquirir el color y la consistencia del hierro renegrido: está íntimamente unido a él, formando un solo material. El budare que uso es una unidad compuesta de plancha de hierro circular, unida a múltiples capas superpuestas de grasa solidificada.
Mientras descascaro el budare, me siento como una antropóloga sentimental: estas hojuelas de carbón vegetal representan… ¿cuántas generaciones de desayunos criollos?

Este budare era de mi abuela, mi mamá se quedó con él cuando no mudamos a esta casa.
Ahora lo uso yo, y pienso seriamente llevármelo si es que tengo que mudarme de país. Parece una locura, cargar con una plancha de hierro colado, pero está impregnada de historia familiar, de la más cercana, la que es menuda y cotidiana.

Tres generaciones de mujeres preparando arepas cada día.
Reconforta la idea de que este objeto humilde ha estado presente en unos cuarenta años de historia familiar. Sería más fácil comprar uno nuevo, pero no sería lo mismo.
No tendría la misma carga (literalmente: los nuevos parecen más livianos).

En esta grasa carbonizada hay tres generaciones de mazeite, el aceite de maíz que por cierto en estos momentos escasea, porque inexplicablemente los tiempos de la revolución están ligados a una escasez de productos de consumo básico (arroz, leche, huevos, aceite, azúcar, carne, caraotas).

De pronto me doy cuenta de que esto es ser venezolano, este es el signo de venezolanidad que habíamos estado buscando, lo que nos define (lo que elegimos que nos defina entre posibilidades que nos interesan menos como el miss Venezuela, el petróleo, la revolución bolivariana): tener un budare de hierro (¿dónde los hacen?) de varias generaciones, que se arrastra de una mudanza a otra porque es un buen budare. Un buen budare es un budare que está bien curado. Curar un budare requiere aceite, llama y paciencia. En el proceso se produce un hollín negro que debe ser muy bueno para pintar, ahora que lo pienso: puro hollín de maíz. Un pigmento latinoamericano.

Tengo un pote medio lleno de lo que le saqué al budare: tantos gramos de unos cristales de carbón, que se parecen extrañamente a la sal de una playa de Hawai, que vi ayer en casa de una amiga: una sal preciosa, traída de una boutique de exquisiteces en Londres. Ahora que las sales exóticas están de moda.


PLEGARIA A JUAN DE LA COSA

A quién ha de importarle
la hora de mi llegada
en el persistente zeppelin del desarraigo
ni la primera bocanada de humedad
y ardor supraecuatorial al poner pie
en la escalerilla del tiempo de las sombrereras
Entramos a la ciudad en cadillac
por la autopista de neones rotatorios
tenía ventanas automáticas
el mundo se estaba trastocando por completo
nunca volvería a estar erguido sobre sus tortugas

Mientras Tanto duró lo suficiente
para Tiodosio y sus caballos lentos
aprender a comer plátano con arroz
encaramada en un mango leer
Aeropuerto sí tiene sabor
toda una mujercita
Mientras Tanto duró poco si se mira bien
se acabó el segundo reino de la luz bruñida
para reanudarse la mudanza que no acaba
amanecimos en la quinta casa y no fue
la última

La primera fue en un palacio ya lo dije
donde inauguro artes de nieve
blanca en la cabeza del mundo
En la segunda casa sonrío con timidez
el cerezo preparaba la fiesta de los cuervos
en el sótano se agriaba el fruto de la nuez
destilando su sombra sobre los cimientos
En la tercera
un sauce llorón y detrás los campos
el gran dios Pan al acecho en un paraje oscuro
allí la cicatriz número uno
en la mano izquierda

Sólo persiste la casa convencida de tesoros
la última está por llegar



HUESITOS, MEMORIAS ACUÁTICAS Y FLORALES

(y mi basura es museable)

Los huesos traen memorias. Vienen los paleontólogos y descubren que somos los primos del mono, descubren que adán y eva vivían con los dinosaurios como los picapiedras. Los huesos están llenos de memoria y ADN. La mujer esqueleto (ella es puros huesitos pelados, un manojito abandonado y mohoso, rodeado de aguamalas y pecesitos), los esqueletos en el armario: recuerdos tapados. La memoria tiene información valiosa, sobre la cual se basa nuestra situación presente. El agua también tiene memoria, se acuerda de otras informaciones más sutiles, se impregna y queda embarazada de las nueve gotas que le inoculas (aguas marianas), oye canciones, pensamientos e intenciones para cristalizarse hermosamente (homeopatía, Masaru Emoto); qué no sabrán los glaciares.

Mi tema de estos días son las memorias. No sé por qué, además, memorias y metáforas vienen de la mano por estos tiempos. No sé si los tiempos han sido buenos o malos. Supongo que el que haya habido tiempos, y memorias y metáforas, ya viene siendo una razón para brindar, con perdices o sin (las perdices por aquello de vivieron felices).

Qué es una metáfora? Una manera de no decir diciendo, o viceversa. Y una memoria? Algo que ya no es, pero fue, y habiendo sido, sigue siendo.
(Y un trabalenguas?)

Con lo de la limpieza del cuartico del jardinero han salido a flote memorias olvidadas y me han asaltado a traición. Vienen en tropel y vienen a la carrera, y a mí me entra una especie de compasión por esos pequeños objetos, escritos, recortes, cartas, trapos, cuadernos incompletos que alguna vez fueron importantes y luego quedaron sepultados por capas geológicas de otros eventos, otros recuerdos, otros olvidos. Pero alguna vez fueron importantes, alguna vez eran lo más importante del momento, y cuando salieron a flote y sus burbujas estallaron, las esporas se esparcieron a mi alrededor. Tengo cariño a la memorabilia, soy una acumuladora de peroles, porque me enamora esa carga de recuerdos, me conmueve el regreso a esos momentos pasados, me produce piedad que se olviden.

Son pedacitos de vida que de pronto vuelven a la vida; no se trata tanto del coroto en sí, sino de que su presencia convoca una sensación asociada a ese momento, una sensación precisa que justifica el mundo entero. Una felicidad pasajera, una expectativa de amor, de felicidad, de apertura.

Y pienso entonces en mis propios corotos, en mis cuadernitos en los que he ido recogiendo mis impresiones, intereses, pensamientos, ideas, alegrías…

Frente a estos naufragios me siento inmediatamente en la piel del replicante más fuerte, el más perfecto, cuando siente su muerte inminente: ¿qué pasará con todos sus magníficos recuerdos (los reales y los implantados, cuál es la diferencia), con todas esas experiencias (las mías, las tuyas, las de aquéllos que amamos), cuando hayamos desaparecido? Se diluirán y desaparecerán, como lágrimas en la lluvia.

Esto me da tristeza, porque somos naves de exploración sobre este planeta, y nuestro mayor tesoro es precisamente esa acumulación de emociones, ideas y experiencias, amasadas en un conglomerado más o menos coherente, unas veces más coherente que otras. Porque estamos hechos de memorias: somos lo que recordamos, y por cada recuerdo que desaparece, se nos disuelvan fragmentos de vida. Es una cosa muy rara esto de la memoria: unas minúsculas gotas de algún químico misterioso y el recuerdo está allí, aflora o se queda agazapado para asaltarnos el momento menos pensado; pero si falla el laboratorio, los recuerdos desaparecen, empezando por los más recientes; ninguna impresión se fija, se nos olvidan los rostros y las personas, ya no sabemos ni siquiera quiénes somos. Supongo que para el que tiene Alzheimer ni siquiera es tan grave la cosa, precisamente porque no recuerda nada y por eso nada le duele (pero tampoco puede disfrutar de nada), exceptuando los breves momentos de lucidez, en que logra darse cuenta de lo que está sucediendo, y entonces debe ser horrible. El horror en cambio es constante para los que están a su alrededor, porque toda relación se basa en los recuerdos, y no habiéndolos, no hay relación posible. De manera que lo que nos hace humanos no es ni andar erguidos ni hacer manualidades, sino recordar coherentemente. De hecho, lo que llamamos “humanidad” es una colección de memorias. Una biografía es una compilación de hechos, pero una identidad viene dada por la capacidad de identificar esa suma de hechos como propia, recordarse como protagonista de esos eventos.

Todo ese gran tesoro eventualmente se diluye, desaparece. Por eso los indios goajiros hablan de la tercera muerte, la que sucede después de la primera, la física y el entierro del cuerpo y de la putrefacción de la carne, y de la segunda, aquélla en que se recuperan los huesos, se limpian y se entierran ceremonialmente en vasijas sagradas; la tercera muerte, la definitiva, sobreviene cuando el recuerdo de esa persona desaparece de la mente de quienes la conocieron.

Por eso también, tanta gente se afana en crear obras de arte, libros, jardines, algo que sea testigo de su paso sobre la tierra, que hable por ellos, que les proporcione la ilusión de que no han terminando de desaparecer del todo, de que su vida ha tenido un sentido porque han logrado permanecer, dejar una huella indeleble.

Por eso, finalmente, mi única ambición no es ser famosa, pero sí llegar a ser lo suficientemente interesante como para que el muestrario de peroles, recuerdos, papeles, escritos y demás memorabilia, merezca cuidados de conservación. Lo confieso. Deseo que mi basura sea musealizada: que se registre y se preserve en archivo, y que se conozcan todos los cuentos asociados a cada coroto y las relaciones entre ellos, y si no se conocen, que se inventen. Y todo este trabajo de registro va a tener que hacerlo otro, alguno de los varios chips de memoria bípeda que tengo caminando por ahí, que recuerdan anécdotas sobre mí, mejor que yo.

Luego, por supuesto, más allá (o más acá) del arte y sus divagaciones, está la vida cotidiana: sumergidos en todas las actividades urgentes, en las diligencias inaplazables, en todos los pendientes que siguen arrastrándose y procastinándose; las complicaciones nimias y desesperantes, la burocracia de la vida y demás complicaciones particulares debidas a las disfunciones afectivas y éticas del gobernador de turno; está la realización de la futilidad de nuestros gestos, la sensación de que el tiempo pasa y para qué, la imagen de estar corriendo detenidos en un mismo lugar, agotándonos para lograr nada, como la reina roja de Alicia a través del espejo. Y podría parecer que no aportamos nada nuevo al mundo, que las hazañas y las grandes conquistas quedaron para otros, desconocidos, inalcanzables, sólo imágenes en la portada de las revistas y en los anuncios de rolex.

Pero no es así. Porque dios nos trabaja desde adentro, y cada hormiguita tiene su sentido inextricable en la creación, y cada ser vivo marca sus puntadas en el tapiz de la vida, para crear un dibujo que estaría incompleto sin cada uno de esos pasos.

Por eso, cada segundo respirado es indispensable, hasta el cumplimiento del tiempo marcado por el destino; por eso mamá se arrastra por las escaleras con una determinación indoblegable, y aguanta todo lo que tiene que aguatar hasta que su reloj se acaba. Porque cada segundo de vida cuenta y cobra más sentido si logramos entender esto y lo entregamos gozosamente en la enorme hoguera de un significado que nunca logramos entender por completo. Entonces me siento en la terraza y miro las flores, y allí encuentro una paz inexplicable, a pesar de las sirenas en la autopista, a pesar de los helicópteros y la televisión y la apatía general y el desasosiego creciente: las flores me hablan de que hay un orden hecho de ciclos, hojas que nacen verdecitas y después se secan y se separan de la planta; de flores que se preparan lentamente y se ofrecen y se marchitan, de tiempo que pasa pero está detenido.


DESPEDIDA A LA INVERSA

Este es el suelo que mi madre pacientemente decoró, imprimiendo hoja a hoja en el cemento fresco, cuando el jardín entero se derrumbó y parecía que la casa se tambaleaba, flotando sobre una esponja enchumbada en agua

Esta es la catedral de bejucos que armó en el interior de la terraza, trayendo una por una las lianas que reconocía en zonas verdes y márgenes de quebradas

Esta es la enredadera africana, llamada de Isabel la segunda, con la que peleó para mantenerla a raya sin deshacerse de ella, porque amaba la cotidiana ristra de corolas níveas, la enredadera donde se escondía la zarigüeya y hasta ayer anidaban tortolitas

Este es el pasamanos de la escalera en el que se sostuvo, la última vez que subió, arrastrándose escalón a escalón, diez días antes de tirar definitivamente la toalla

Este es el jardín con el jazmín de la India que perfuma las noches y los rosales entre los cuales pidió que fueran esparcidas sus cenizas

Esta es la casa que compró, centavo a centavo, que ahora abandono a la voracidad de los tractores


La mejor patria es un jardín

Cómo se abrazan fracaso y triunfo

Cada hormiga con nombre y apellido

buenas cosas que hacer con libros

Del ADN de cada casa

Migajitas

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