Formas de silencio


Era el último linotipista. Había aprendido el oficio de su padre, al que vio morir lentamente envenenado por el contacto cotidiano con el plomo. Día a día formaba palabras combinando los pequeños tipos con sus manos, la máquina sonando su peculiar música, el metal reptando por la piel hasta las entrañas. 

Era el último de su especie y había conocido a varias generaciones de todos los operarios en la tipografía; se enamoró de la nueva recepcionista. Pasó tres semanas pensando en ella cada día, tipeando en su teclado las manos pensaban en rozar su cabello y los botones de su blusa. Nunca había hecho tantos errores, las palabras en barra caían al caldero, el plomo se fundía y renacía como pasta maleable para formar nuevas palabras que él imaginaba todas para ella. Empezaba cada línea pronunciando su nombre, recordando la sonrisa fugaz de cada tarde al despedirse, evocando el color de las uñas ese día; por la noche compartía la cena frugal con un fantasma amado, al escuchar un bolero en la radio la estrechaba bailando, al acostarse se despedía con un beso y por la mañana anhelaba su saludo breve. 

El penúltimo día llegó la impresora nueva, que procesaba en cuatro colores texto e imágenes directamente del original digital. A la salida obsequió a la muchacha el libro más hermoso entre los que le habían donado del depósito que necesitaba hacer espacio: el que venía con dibujos y fotos; ella lo recibió con agradecimiento distraído, absorta en un complicado trámite de divorcio que le había agotado las ganas de enredarse con hombre alguno. 

Al día siguiente, mientras desinstalaban la máquina de tipos de plomo, ayudando al muchacho de la guillotina un error cortó limpiamente sus dos manos, ya inútiles. 

cuánto me has dado y qué poco me das.


¿Para qué se hacen las confesiones, qué propósito tienen? ¿Creemos que nos harán obtener alguna cosa? ¿O son una expresión ingenua y peligrosa (para quien con candor las hace, Voltaire)? Aparentemente no hay una tercera opción que represente para el que las expresa algo diferente de un juicio negativo o una condena certera. Hay que saber contenerse y esperar el momento oportuno (y eso no es manipulación: es instinto de conservación; lo pronuncio en afirmativo, quitando el punto de interrogación, y no estoy segura de si hay ironía o deseperanza en mi voz). Hay que saber jugar a ese juego de silencios y fintas, como la anciana dama escondiendo tras anzuelo y negación el retrato de Jeffrey Aspern (se exhibe y se esconde, con esa desagradable teatro/función de la coquetería que se quiere “típico”; la anciana maneja los hilos, y el rostro que seduce es el retrato). Hay que aprender a empuñar el hacha, Caperucita, y meter arsénico y crueldad en el cajón del arsenal, al lado de la ropa interior. 

Es mejor esperar, aguaitar las señales correctas, ¿cuánto tiempo hay que esperar por las señales correctas? ¿Y cómo estar seguros de que son las correctas? 

En la sabana que tan bien nos hizo conocer el narrador aquel de los abejarucos, con sus veraces teatrinos del hogar de las fieras africanas, los carniceros hacen largos paseos introductorios, vigilando los movimientos del otro, su respiración, el tenor de su aliento; se miran con fijeza, demuestran cuán feroces son, descubren los dientes, exhiben los genitales, despiden alguna nauseabunda ofrenda para establecer quién domina la situación, y al quedar claro ya todos están contentos y pueden sorber tranquilamente su té. Mundo carnívoro, quién va a querer ser grácil gacela, evanescente okapi. 

Talento suicida, exponer la yugular. Vengan, aladas bestias, nada mejor para atraer los carniceros. 
¿Publico, o no publico? 

DILEMAS DEL TRASPLANTE

Veo un programa de la BBC sobre los pacientes que están esperando un órgano para salvarse la vida. Historias terribles, llenas de pathos, varias películas conmovedoras. 
 Desarrollas compasión y empatía, pero luego te tienes que encontrar con su esperanza de que alguien muera para poder obtener el órgano anhelado. Una terrible contradicción entre esperanza, desesperanza y culpa. Podría ser una película estupenda (aunque cuidado con 9 ounces); pero este documental ya es toda una pieza de narrativa cinematográfica. 
Asistimos a una degradación progresiva, acompañamos a estas personas que reconocemos por nombre propio y por su patología; todos están esperando un corazón y es inevitable establecer jerarquías de prioridad: ¿quién se merece más obtener ese órgano preciado, ese verdadero tesoro? ¿Quién nos gusta más y por qué? ¿Qué criterios usamos inconscientemente para eligir quién tiene más derecho de existir? 
Es una decisión que debe tomar el médico cuando lleva a sus manos un corazón adecuado y asumir esa responsabilidad extrema: cuál de los pacientes que están en la lista, merece más vivir, sabiendo que alguno de los otros puede morir muy pronto por no haber recibido ese corazón. 
Es bastante cruel y revelador, el puñado de dilemas éticos que se nos presentan (¡muchos! el donante, el médico, el receptor, el órgano y su obtención), asociados tanto con la donación y recepción de órganos en sí, como con la posición en que coloca al espectador. 

Y hay una metáfora de vida asociada con estas ideas, pero voy a dejar que cada uno extraiga la suya. 

A veces los peores defectos son también parte del mayor encanto


Hay un ángel especial en las empresas que comienzan, de manera torpe improvisada, idealista y encantadora. Se trabaja por enamoramiento, aventura y total inocencia; luego hay un momento de rebeldía y cambios y altos y bajos; después el proyecto, ya reconocido y con un nombre premiado, es comprado por una empresa extranjera aunque se mantiene la dirección local, y la empresa se ocupa de producir, no de distraerse ni de hacer concesiones a los afectos y la curiosidad: se ha convertido en una máquina eficiente, su alma está dormida. Esto vale tanto para editorial Arte como para la construcción de la persona. 

Actos simbólicos, rituales cotidianos


Hay acciones que repetimos cada día. Estas acciones tienen la tendencia de convertirse en mecánicas, pero podemos recuperar su sentido simbólico y convertirlas en rituales: alimentando a las bestias doy de comer a mis instintos; riego las plantas como quien nutre proyectos florecientes; al barrer el patio ordeno el mundo entero y actúo ese gesto que dentro de elaboración de los eventos permite limpiar mis pensamientos de lo que no es necesario (recuérdense las herramientas de elaboración que aparecen en el cuento de la Doncella Manca); desayuno y me ducho para atender el templo que es el cuerpo… 

Entonces puedo fijarme en lo que me parece que falte y crear una acción cotidiana, un ritual que me encamine hacia lo que deseo invitar en mi vida. 


La mejor patria es un jardín

Cómo se abrazan fracaso y triunfo

Cada hormiga con nombre y apellido

buenas cosas que hacer con libros

Del ADN de cada casa

Migajitas

  • 3 (1)
  • 4 (1)
  • 9 (1)
  • 8 (1)
  • 7 (1)
  • 2 (2)
  • 1 (6)
  • 12 (4)
  • 11 (5)
  • 10 (7)
  • 9 (4)
  • 8 (1)
  • 7 (4)
  • 6 (4)
  • 5 (5)
  • 7 (4)
  • 5 (3)
  • 4 (7)
  • 3 (4)
  • 11 (2)
  • 10 (6)
  • 9 (4)
  • 7 (5)
  • 12 (2)
  • 11 (1)
  • 9 (1)
  • 7 (1)

Otras hormigas