Se hacen
tantas críticas a los amores unilaterales (no por ello improductivos, no por
ello fracasados); las buenas amigas siempre están prontas a aconsejar:
olvídalo, no vale la pena, deja de sufrir, no te merece. Nada de eso tiene
sentido. Pero la verdad, como suele suceder con la verdad, sierpe escurridiza,
pececillo viscoso que se resbala entre los dedos, está ya en otra parte. Habría
que agradecer el látigo amoroso que nos fustiga para exigirnos la
transformación de la oruga.
Alégrate tú que has
sufrido el sufrimiento, esto no lo habías sufrido nunca antes.
Lámina
órfico-dionisiaca.
Por
supuesto, hace falta un alma entrenada para poder apreciar las sutilezas de
esta bendición.
NOTICIA DE FRACASOS
Shackleton zarpó en 1914 a conquistar la Antártida
El Apolo 13 salió de la atmósfera terrestre para
tocar la luna
Un puñado de improbables jamaiquinos decidió
competir
Entonces decidí que ya era hora de conocer esta ciudad que me alberga, que espero poder llamar mía, a pesar de mis múltiples ignorancias. En parte debidas a una costumbre humana, de circunscribirse a una zona, que finalmente uno no termina de descubrir jamás, porque de cualquier manera, como me dice la sabia Milla, uno no termina de conocerla que ya hay mil casas más, mil ranchos más…, así que siempre es nueva.
En parte, por una desagradable división interna, en esas fronteras extra-oficiales de las que nadie habla pero que todos reconocen desde la piel, y que últimamente se han agravado, con un terrible desprecio casi racista, desde ambos lados, por “el otro”, ese eterno desconocido del que se desconfía a ultranza, porque en cualquier caso “más vale malo conocido”…, para desmejora de todos. Desprecio y miedo por “el otro” y sus costumbres incomprensibles. Por “el otro” y sus territorios. Por el otro y lo que pueda pensar. Lo que me lleva a recordar a ese filántropo francés, pequeño y merecido inciso, que sostenía que para que reinara la paz en el mundo, era necesario que los pueblos se conocieran, ya que del conocimiento vendría la comprensión, la aceptación y eventualmente la hermandad; sostuvo su idea de forma concreta, pagando de su bolsillo a jóvenes estudiosos para que viajaran a los confines más alejados del planeta y volvieran con cintas, fotos y películas de las costumbres de esas remotas culturas; y como símbolo construyó un jardín que tiene selva negra, jardín japonés, rosaleda francesa conviviendo en una misma zona. (Me refiero a Albert Kahn, por supuesto: http://es.wikipedia.org/wiki/Museo_Departamental_Albert-Kahn
Y en última parte, por una gitanísima maldición con que me bautizó mi padre al mismo nacer, pronunciando que yo era “ciudadana del mundo” (aunque bien mirado, por una de esas contradicciones que distinguen casi todo, termino con ser muy venezolana, según el axioma de Aquiles Nazoa, que en su Autobiografía para una pestaña se queja de que los venezolanos se especializan en estar familiarizados con cualquier otro país, menos el suyo). Finalmente, y dado que me di cuenta de que sin duda conozco mejor Barcelona, donde viví algunos años, que Caracas, donde he vivido muchos más, y desde luego muchísimo mejor que lo que pueda conocer mi ciudad natal, donde viví mucho menos tiempo pero que además de ser mi ciudad natal, es una de las capitales del mundo a la que todos los caminos conducen, y merece un mayor conocimiento; dado pues todo ello, emprendí la justa tarea de enmendar tanto estropicio del conocimiento.
Así que, siguiendo mi (mala) costumbre, me fui de gira por librerías varias, de nuevo y de viejo, y regresé a casa con un botín de varios cientos de fuertes (adobado por otras necesidades de primer orden, que no estaban inicialmente contempladas), y aquí tengo para varias noches de insomnio, comenzando por anoche, que se convirtió en madrugada y seguirá por un rato más.
Con lo cual llego a la razón de esta larga introducción.
Y es que entonces, hamacándome contentísima en mi nuevo chinchorro de moriche, a la tin marín de dos piringüés, escojo el libro de una ilustrísima dama de las letras que en medio de las nostálgicas anécdotas no deja pasar ocasión de acusar al imperialismo yanqui por haber venido a imponer su chicle y su beisbol. Pero qué es lo que es local, ponte a ver. Ahora mismo sería difícil quitarle al más patriótico el beisbol, con el argumento de que se trata de una diversión foránea. Y es que un país no llega nunca a ser un proyecto acabado: continúa formándose y evolucionando, incorporando lo que sus nuevos habitantes, a veces viniendo de otras tierras, traen. Habría que aplicar esta idea al individuo y reflexionar sobre las fronteras, las visas y las inmigraciones ilegales.
Y finalmente qué es patria… Como decía Jules Renard, que si no alcanzó la fama de los novelistas de su tiempo, en cambio destacó por su diario lleno de preciosos aforismos (cuando encuentre el día exacto, anotaré la cita exacta): al final de la patria está la guerra, por eso no soy patriota.
ESCARLATA
Mi sangre luego del beso coge vuelo
en ligerísimas fragatas por el aire
zumban arriba el color de mis ojos
una tendencia dada en media gota
la habilidad para encontrar
donde no hay
Se acoplan en el aire algunos mueren
entre mis manos exactamente siempre hay
el mismo número cargado
mi sangre por el mundo queda
inoculada en cualquier vecino
somos una gran familia
después de todo
La gente
hace las cosas más bizarras, y más en los momentos de grandes pérdidas. El domingo
supe de un hombre que estaba velando a su madre por la mañana, y en la tarde estaba
muy ebrio, intentando pasar el mal trago en el bingo.
El sufrimiento
es una bestia que resiste a la domesticación. Muerde, encuentra nuevas formas
más sutiles de morder, se aleja un poco para apreciar el alcance de su obra,
regresa en emboscada, lanza sus zarpazos a traición; se instala y marca
territorio, y si ve que sus asaltos han perdido eficacia, se aleja en silencio,
sin hacerse notar, a rumiar renovadas triquiñuelas pero dejando intacto su
territorio, dejándonos marcados.
Sin embargo,
la bestia amarga es también una gran maestra. Nos lo dice Giorgio Bassani en su
monumento a la nostalgia, Il giardino dei
Finzi-Contini: «En la vida, para comprender, comprender de verdad, cómo son
las cosas de este mundo, debes morir, por lo menos una vez. Con que, siendo
esta la ley, mejor morir joven, cuando aún tienes tiempo por delante para
levantarte y resucitar.»
En la vida
de los hombres, la muerte es indispensable. Joseph Campbell la señala como el
punto de quiebre, en que el niño abandona la infancia, una vez superada la
prueba, para hacerse hombre. Se sabe que por su naturaleza, el niño debe
conquistar su entrada en el mundo adulto; la niña, por el contrario, se hace
mujer de forma natural y no tiene nada que demostrar: lo que debe hacer es
reconocer este hecho y asumir –abrazar—sus implicaciones.
Las grandes
pérdidas también dejan marcada el alma femenina, por supuesto, pero de manera
diferente. Si el hombre adquiere una especie de desencantamiento, una dureza
que lo proteja –el escudo es ilusorio—de nuevas emboscadas por medio de un
engañoso programa de desconfianza sistemática (la “diffidenza” italiana), la
mujer se reconcentra, indaga sentada en su dolor y si no logra domesticarlo,
pues es por definición una bestia salvaje, logra llegar a términos consigo
misma, adquiere, en el mejor de los casos, una renovada compasión, se ablanda en
preparación a lo inevitable.
De cualquier
manera, los grandes dolores, a veces causados por la muerte (sin desdeñar la
muerte metafórica) de quien se ama, producen la pequeña muerte, un
entrenamiento para la otra, la definitiva. Pues sólo muriendo la conciencia
puede comprender.
primero perdí la luz de la infancia
y sus poderes
(con cinco casas en fila, una tras otra)
más tarde perdí a mi madre
el trabajo que tenía se fue al carajo
igual que el proyecto de casamiento
que me dejó con un cachito de carbón glorificado
luego perdí a mi padre
tuve que ceder mi palacio amarillo
y abandonar un comienzo de vida propia
perdí mi gato preferido y la negra
mi mejor amiga se desvaneció
entonces, para no perder la costumbre
te conocí a ti
y la pérdida fue cotidiana
y completa
Luego encontré
este magnífico poema de Elizabeth Bishop, y me sorprendieron las semejanzas (destaca
la pérdida de la casa: domus y sus
pequeños vástagos domésticos son anclas en el sistema de raíces femeninas). Puesto
que es mucho más provechoso encontrar semejanzas entre dos cosas aparentemente
disímiles (prueba con el clásico par: gato-nevera), que diferencias entre dos
cosas aparentemente iguales, encuentra (versión de los juegos de la mítica Settimana Enigmistica) las siete
semejanzas.
ONE ART
The art
of losing isn't hard to master;
so many
things seem filled with the intent
to be
lost that their loss is no disaster.
Lose
something every day. Accept the fluster
of lost
door keys, the hour badly spent.
The art
of losing isn't hard to master.
Then
practice losing farther, losing faster:
places,
and names, and where it was you meant
to
travel. None of these will bring disaster.
I lost my
mother's watch. And look! my last, or
next-to-last,
of three loved houses went.
The art
of losing isn't hard to master.
I lost
two cities, lovely ones. And, vaster,
some
realms I owned, two rivers, a continent.
I miss
them, but it wasn't a disaster.
--Even
losing you (the joking voice, a gesture
I love) I
shan't have lied. It's evident
the art
of losing's not too hard to master
though it
may look like (Write it!) like disaster.
Los monjes
budistas construyen mandalas de colores a lo largo de varios días, y luego los
destruyen. Con esa actividad laboriosa y aparentemente inútil se ejercitan en
la ineludible impermanencia. Yo limpio cada mañana la caja de arena de los
gatos… Es un trabajo que hago a conciencia, con método y mucho cuidado,
prolijamente. En pocos instantes estará de nuevo llena de caca; pero no por eso
me esfuerzo menos. Meditación activa; mismo principio de los mandalas de arena.
Hay muchas labores
femeninas que son humildes y de efecto poco duradero: lavar platos que en breve
volverán a estar sucios, barrer el patio, tejer un sudario para deshacerlo por
la noche. Son labores de la estirpe de Penélope: el verdadero alcance de su
gesto no está en detener el tiempo de los pretendientes, sino en suspender el
tiempo lineal, en forma de flecha, masculino, y reinstaurar el tiempo circular
y femenino, el tiempo repetitivo y permanente en que se gesta la vida.
La mujer
históricamente se ha dedicado a gestos efectivos en sus resultados, pero repetidos,
humildes y monótonos: hacer girar la rueca, pilar el maíz, rallar la yuca. La agricultura
misma consiste en gestos repetidos, el conuco es del dominio femenino. Para el
hombre la cacería, el acicate del resultado azaroso, la demostración de bravura,
coraje y fuerza: un desafío a la muerte…
Desafío
inútil, la muerte no recoge el guante. Para contradecir a la muerte, quizás la
estrategia de la mujer sea más eficiente, pues el gesto mínimo detiene al
tiempo. Metáfora hermosa, que valora el peso de cada hormiga en el diseño
final: no el guerrero que destaca entre los demás y así gana un puesto en la
Historia, sino el anónimo (persona, objeto, fragmento) que nos da de comer –nos
nutre el alma—sin pedir a cambio ningún reconocimiento, sin tener
conciencia siquiera de cómo ha enriquecido por un instante nuestro quehacer
cotidiano.
Hay hombres
que logran enfocarse tanto en su objetivo, que no hay espacio para ningún
instante de distracción, y son admirables en su concentración y perseverancia,
y desde luego obtienen –conquistan—sus grandiosos objetivos; pero (como nos
enseña la fábula La caída de Eduardo
Barnard, de Somerset Maugham) hay una dicha especial en la renuncia a los
grandes proyectos, a los logros cuantificables y el poder que generan, al éxito
profesional, al temor al fracaso, a las distinciones convencionales entre lo
que ha de hacerse y lo que no, a la preocupación por la aprobación y el respeto
de los demás, en aras de la satisfacción íntima y serena que proviene de la
capacidad de llenar cada instante con ocio, belleza, y el disfrute de los gestos
triviales. En cuanto a la sinceridad y la bondad, son un lujo caprichoso,
bienvenido cuando se presenta pero del cual es mejor no hacer depender la
propia felicidad.
No es
indispensable cumplir con destinos heroicos, hacer grandes hazañas, dejar
huellas magnificas, acumular pecunia o “carga”, hacer viajes excepcionales o
incluso tener una muerte digna de mención: saber respirar es suficiente, aunque
claro, hay que aprender a respirar.
El sábado es el día predilecto para esta actividad. Después
de una rápida visita a Extrañas notas de
laboratorio de Vila-Matas, un solo artículo que me llevó de regreso a la
Barcelona que viví y que se superpone a la primera Barcelona que conocí en el
año 1989 –porque no hay quien pueda decir dónde exactamente comienza el viaje:
surge de una serie de pasos que más parecen desvarío de internacional
situacionistas, y de pronto se define el
rumbo y arranca un viaje que viene, sin que lo sepamos bien, de varios
pasos más atrás—comencé con un librito comprado sin saber nada de él, en un
sitio que además no es una librería, y que me ha producido agradables
sorpresas: Pasiones Literarias, en
que Monica Monteys reúne una serie de charlas dictadas en la Alianza Francesa
de Barcelona en verano del 2000 (lo que parece un buen comienzo, pues en esa
fecha ya vivía allí, a pesar de que no supe de este ciclo de charlas), por
diversos autores y a propósito de diversos libros, serie que abrió Carmen
Martín Gaite con Cumbres Borrascosas,
aunque este segmento no fuera recogido en el libro porque su autora tuvo a bien
morirse justo antes de la publicación del libro.
El último capítulo, escrito precisamente por la editora, se
titula La melancolía de la pasión, y gira en torno a El jardín de los Finzi-Contini, de Giorgio Bassani. Pronto llega
esta frase: “Yo creo que uno de los vínculos más estrechos y duraderos –y
añadiría incluso más duraderos—es el que se construye sobre lo que es fingido,
sobre lo que nunca ha existido”. Toda la atmósfera alrededor de la pasión no
cumplida y el territorio de la memoria –único espacio en que se permanece a
salvo—y la dulzura del epígrafe, que a su vez proviene de I promessi sposi, (Es cierto
que el corazón, para quien sigue sus consejos, siempre tiene algo que decir sobre
lo que vendrá. Pero ¿qué sabe el corazón? Apenas un poco de lo que ya ha
sucedido.), me llevan a buscar Il
giardino dei Finzi-Contini, edición de Einaudi (pues el placer de la
lectura está asociado al placer sensorial del objeto libro, por lo que cada edición
produce un libro diferente, al igual que distintos intérpretes nos entregan
piezas musicales diferentes) y a arreglar con algo de cinta adhesiva su
sobrecubierta malograda. Pues cada libro no sólo nos ofrece un contenido, y
además, idealmente, un contenedor que satisfaga los sentidos, sino también
evoca y convoca situaciones, memorias asociadas a su trayectoria de cometa
hasta nuestras manos, así como a las sensaciones estimuladas por lecturas
previas de sus páginas.
Bassani comienza con una visita a la necrópolis etrusca de
Cerveteri, y con ello me despierta una nostalgia por ese pueblo aristocrático y
misterioso, tan amado por mis padres. Recuerdo una visita a un oscuro museo de
Milano, en compañía de mi madre. Recuerdo las pequeñas vasijas todas fragmentadas
que mi padre exhibía con orgullo en la repisa al lado de su escritorio. Vuelvo
a mi biblioteca, consulto en El mundo de
la arqueología, de C. W. Ceram, si hay un capítulo sobre los etruscos. Lo
hay, aunque muy corto: George Dennis habla con emoción de una aguja de bronce,
con el ojo y la punta intactos, que conserva con emoción. Y luego voy a la
vitrina de poesía y saco La tumba etrusca,
de José Carlos Llop. En la contraportada se menciona a D. H. Lawrence, quien
escribió que «estas moradas de los muertos eran espaciosas y elegantes» y que
su atmósfera proporcionaba al visitante «una rara e intensa placidez». Y yo
pienso en los cementerios de pueblo, donde se iba de visita como una parte
natural de cualquier paseo, para revisitar tumbas y mausoleos que se hacían
familiares a fuerza de verlas de nuevo, nichos y camafeos de retratos
fotográficos sobre esmalte que constituían una comunidad a la que pertenecer,
una familia extendida al pueblo entero, un refugio de memorias que de algún
modo atañen a todas las ánimas misericordiosas que las salvaguardan.
El viaje se prolonga, porque así como el comienzo es un
incierto balbucear de pasos, quién podría indicar cuál es su final, dónde se
detiene la inercia que nos ha transportado.
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