DE ESTRELLAS Y DEMONIOS


1. En estos días, una amiga a la que quiero mucho me comentó que, más allá de los habituales comentarios sarcásticos sobre su transformación física, sus extrañas relaciones eróticas y el enmascaramiento de sus hijos, Michael Jackson había encarnado las carencias y crisis de su generación: la soledad, los interrogantes sobre la identidad, las (im)posibles vías de intimidad y contacto, el manejo de la ineludible vulnerabilidad. Siendo una figura pública y masificada, su búsqueda no se hizo en el recogimiento privado, sino que se volvió abierta a cualquiera, permitiéndonos, como escandalizados voyeurs y dignos jueces, señalarlo con el dedo, criticarlo, idolatrarlo o convertirlo en fantoche.

http://www.corriere.it/spettacoli/09_luglio_05/Jackson_incontrai_bambina_triste_e6f51b94-6943-11de-b037-00144f02aabc.shtml

Un ídolo era una vez una persona, y luego se convierte para siempre y sin vuelta atrás en una imagen pública, en un símbolo al que las multitudes adoran o vituperan. Un ídolo finalmente hace precisamente eso: encarnar ideales, carencias de individuos genéricos que los usan como íconos, amuletos, promemoria, a veces sin tener plena conciencia de qué es lo que en ellos buscan, ni de cómo haría falta buscar en su propio interior en vez de afuera: ¿qué era lo que tenían e hizo especialmente atractivos, al punto del fanatismo, Michael Jackson, Madonna, los Beatles, Marilyn, Lady Di, Evita Perón, el Che Guevara, Gandhi, Mao Tse Tung…?

Me pregunto si en vez de ensañarnos con las búsquedas patéticas (en el sentido de contener pathos, sin lo cual me temo que una búsqueda verdadera tiene poco sentido: la sonrisa de placidez en las estatuas búdicas esconden años de absoluta renuncia) de unos y otros, no convendría girar el espejo hacia nuestro interior y preguntarnos cuál y qué tan apropiada pueda ser nuestra manera de lidiar con la soledad, la identidad, la sexualidad y el contacto con el mundo (o cualquier otro tema que nos parezca más cercano, probablemente peligroso).

2. En estos días, un amigo al que quiero mucho me dijo que habría que eliminar cualquier vestigio de Michael Jackson de la memoria del mundo y estuve meditando muchos días sobre ello. Entendí que el mundo probablemente sería otro muy distinto si en vez de comerse con patatas infomerciales y las historias sórdidas y truculentas de CSI Miami y 24, el público se dedicara a ver Tarkovsky, o mejor aún a leer. El ojo humano se acostumbra demasiado pronto sin hacer demasiadas distinciones críticas, y a fuerza de costumbre acrítica (desprovisto de examen y juicio) olvida sin darse cuenta siquiera, cuál era su naturaleza originaria (a menos que su naturaleza consistiera precisamente en explorar sin mayor criterio en todas partes, como un cachorro curioso que no tiene conciencia de la cercanía de la muerte).

Sin embargo, pretender cristalizar una supuesta pureza original nos lleva a la idea de por sí distorsionada y anacrónica (mas no por ello caída en desuso, curiosamente) del “buen salvaje”. El morrocoy desdeña la fruta fresca por comer perrarina, seguramente menos acorde a sus necesidades y valores naturales; por eso el amo sabio y preocupado por su bienestar lo tutela y le balancea la dieta, para darle, no lo que prefiere, sino lo que le conviene.

Pero no somos reptiles, ni marsupiales delirantes (como los canguros que entran a los campos de adormideras y se dan un hartazgo frenético que les hace dar vueltas en círculo como locos). Además, tengo dudas de que un exceso de pureza convenga a nadie, en cualquier caso disminuye notablemente la tolerancia y la compasión, los puros volviéndose intransigentes se alejan del género humano y eso no puede ser bueno.
 
Después de meditarlo largamente, creo que prefiero que haya Michael Jackson y CSI Miami, y que también haya Tarkovsky; y que idealmente, en vez de eliminar lo que a unos pueda parecer nocivo, o poco interesante, trabajaría por que hubiese más instrumentos para apreciar lo que alimenta al alma y eventualmente pueda ayudar en el dificultoso trabajo de volver a casa, una y otra vez, así como (de modo contradictorio, o no) la sagrada música de las olas del mar es apreciada con mayor intensidad y empatía por quien ha estado lejos y ha escuchado otras músicas, que por el niño pescador que no ha escuchado otra cosa.

Pues la historia de la humanidad es una historia de árboles, aprendizajes y caídas, y para volver a encontrar el Edén y entender lo que encierra, es necesario salir de él y errar largo tiempo por desiertos variados, a veces densamente poblados, y por ello mismo más duros de atravesar.

Los demonios no están por fuera, los demonios están adentro.

Tres cosas importantes que tengo que decir


· Una es que la gente se muere, la muerte es un misterio, nada es comprensible, todo cambia bajo su óptica, y los que se mueren nos dejan en el desamparo; la madre, el padre, mi hermana. La familia. Los lazos de sangre con ríos de antepasados. Es lo único que importa, pero sólo nos enteramos cuando es demasiado tarde. Y luego nos pasamos el resto de la vida tratando de llegar a términos con esa situación.

· Las cosas pequeñas. El valor de las cosas simples, que dan una perspectiva justa al resto de las preocupaciones mundanas. La hormiga que camina, la flor que se abre, el cadáver seco de una mariposa, las urgencias del gato. El sonido de la lluvia. Nos conecta con nuestra propia sencillez de nuevo. También somos (o podemos ser) simples.

· Hay que aprender a expresar estas cosas importantes. Hay que encontrar la voz para decirlas, comunicarlas: lo que descubrimos, nuestro terror, el amor, lo inexpresable. Sea en la forma escrita, abrazando, haciendo una colcha con la ropa de la persona que partió o un museo de memorabilia, hay que hacer algo, no dejarlo por otras cosas aparentemente más urgentes.

Y en estas tres cosas importantes, está la relación con Dios, y el encuentro de la justificación de esta pobre vida, esta espléndida vida.

Cocina con libros



El método clásico es ponerlo al horno, a veces con algo de sal gruesa. Para este método proponemos una variante que consiste en cubrirlo completamente con una pasta hecha de sal, harina y aceite. La masa se trabaja bien hasta conseguir una textura homogénea y elástica y se extiende usando el instrumento apropiado, hasta obtener una capa de aproximadamente medio centímetro de espesor. Con ella se envuelve el libro cuidando de dejar espacio entre las tapas y la masa, pues al calentarse se liberarán vapores que necesitas poder expandirse libremente. El libro queda así sellado en una cámara dentro de la cual se cocinará en su propio jugo. Delicioso. 

Otro sistema clásico es hacerlo a la brasa, sobre una parrilla. Con este procedimiento suele obtenerse un agradable aroma de leña ahumada, sumado a un bonito efecto de rayas, que pueden combinarse para formar rombos.

Para prepararlo en sopa, póngase a hervir con suficiente agua y algo de sal. Puede ponerse una hoja de laurel, o mejorana, dependiendo del autor. No se recomienda la cebolla ni otras verduras. Puede usarse la olla de presión para acelerar el proceso, aunque la cocción lenta y controlada suele siempre dar resultados más finos. Algunos libros son susceptibles de prepararse en cremas de textura aterciopelada.

Una receta laboriosa pero que puede dar grandes satisfacciones, especialmente a la hora de presentar el plato en la mesa, es la siguiente: se hace un puré con las tapas y la tripa, conservando un buen número de páginas (escójanse las ilustradas, para más efecto dramático). La mejor y más gustosa manera de conseguir este puré consiste en hacer hervir el sólido en media taza de caldo claro, obtenido mediante el procedimiento explicado anteriormente. Nota: el caldo claro de enciclopedia es el más gustoso. Una vez que ha hervido bien hasta ablandarse (aprox. media hora), se retiran las partes sólidas y se machaca el resto, hasta formar una pasta con consistencia de puré. No es necesario homogenizarlo: algunas letras o incluso palabras sueltas pueden contribuir a una textura más interesante. Este puré se coloca, por medio de una cucharita, dentro de las páginas reservadas previamente, enrolladas para formar un tubo o canelón. Se disponen ordenadamente en una bandeja refractaria espolvoreándolos con queso rallado y se gratinan al horno. El mismo procedimiento puede aplicarse a novelas románticas, para conseguir un grato postre. En tal caso, elimínese la parte del gratinado; tuéstense ligeramente al horno los rollitos rellenos, y déjense enfriar en la nevera por lo menos dos horas. Al momento de servir, adórnense con una cucharada de crema batida.

AMOR Y TRIQUIÑUELAS EN LA EDAD DE HIERRO


Sansón era feroz y muy fuerte; éstas son sus características destacadas, y no son necesariamente cualidades. Todo esto sucede en la edad de hierro, cuando los filisteos son más fuertes porque dominan la tecnología del hierro, mientras sus adversarios, los israelitas, son un pueblo rural que debe valerse de ardides, artimañas, tretas, estratagemas (a veces de moralidad dudosa) para vencer al enemigo. Las armas de que dispone son la fuerza bruta (poco fiable, como se verá) y la astucia.

Episodio del león: el acertijo reza “Del depredador salió comida, de la fuerza salió dulzura”. ¿Es simplemente un acertijo, o una alegoría más profunda? Lo que es raro es que Sansón, obviamente un poco bruto, haya conseguido forjar él solito una adivinanza tan elaborada. ¿Habrá recibido ayuda divina, o un empujoncito de los notables de su pueblo, quienes viendo la susceptibilidad de Sansón, podían calcular el desarrollo de los acontecimientos futuros?

Mata a mil con una quijada de burro. ¿No es una alusión directa a Caín? Con su violencia desatada, demuestra ser un descendiente directo de la raza maldita. Es violento, fácilmente se inflama y estalla en furia, y esta furia lo ciega. En cualquier caso, lo mueve la sed de venganza.

No sigue los preceptos ni las indicaciones de su pueblo; de hecho, se refugia allí con todo un ejército enemigo detrás de él, poniendo en evidente peligro a su pueblo.

Después de una noche con una prostituta (filistea), sale llevándose las puertas de la ciudad (¿otro símbolo?). Y luego conoce a Dalila.

Dalila es una tejedora. Posiblemente también sea un bicho raro, pues vive sola…
Es comprada por una gran suma de dinero en plata, pero pareciera más bien que quisiera probar cuál es la extensión del amor de Sansón. Por eso le pregunta insistentemente cuál es la raíz de su fuerza, a ver si él se atreve a revelarle su debilidad, es decir a desnudarse, hacerse realmente vulnerable en sus manos. Es sencillamente una mujer, que practica una estrategia por lo visto tan antigua como la cerveza, sin haber caído en desuso.

“Si me atas con siete cuerdas nuevas (y otros supuestos métodos para dominar su fuerza), perderé mi fuerza y podrás hacer de mí lo que quieras”, dice él; y ella prueba cada una de las maneras que él sugiere, pero ninguna es cierta: hay aquí un juego de poder, bondage primitivo, BDSM sutil… Cuando ve que es engañada uno y otra vez, ella se vuelve insoportable: él le está mintiendo, no le revela su poder, no se abandona a ella. Finalmente, él cede, agotado, agobiado: revela que su poder reside en sus cabellos: “Nunca se ha pasado la navaja por mi cráneo”.

No será por los cabellos, pareciera más bien un símbolo de rusticidad, cierto carácter virginal. Sansón es un bruto, una bestia, una especie de Parzifal.

Cuando finalmente revela su secreto, cae en un sueño mágico, extraordinario, del que no se despierta aunque le estén rapando el cráneo. Quién sabe cuál es el significado real de este sueño enfermizo (o revelador). ¿Y cuál es el significado del gesto de Dalila? Igual que Judas, no parece estar tan interesada en las monedas: ella está tratando de comprobar otra cosa. Quiere saber si puede tener a este hombre en su poder, si puede efectivamente dominarlo completamente. Pareciera que estuviera tratando de probar algo que tiene que ver con su vida pasada, que estuviera tratando de redimir algún episodio anterior, que quisiera demostrar su propia fuerza, al domar al invencible. Quizás el hecho de que llame a los filisteos para que vean a Sansón en su poder, responda únicamente a la necesidad de testigos de su hazaña y de su poder.

Entonces él se vuelve ciego (otra alegoría, evidentemente).
Cuando es hecho preso, se lo ata a un molino para que muela el grano de los filisteos… pero esta imagen puede estar escondiendo el hecho de que fuera usado como macho para impregnar a las filisteas y que éstas pudieran mejorar su raza con hombres gigantescos y descomunalmente fuertes: se dice que Goliat podría haber llevado sus genes.

El final en el templo, cuando produce un terremoto matando con su muerte a más enemigos que mientras estuvo vivo, cierra la historia pero no aporta nada nuevo. Probablemente, dentro de los designios de dios no era más que un destructor, un instrumento ciego de la furia divina. Para algo necesitaría dios destruir a tantos filisteos, así como necesitó enviar incendios, y un diluvio en determinada ocasión, pero su historia de amor (su aprendizaje, su camino de iniciación, el mapa que dirige su destino) concluye cuando él se pone finalmente en manos de ella y revela su secreto,


HORIZONTE 9

te he visto seductor, brillante
como una muchacha sonriente y descarada
de brazos invitantes
juguetona y lánguida y perlada

te he visto calmado, indiferente
callado en el monótono repetir
de letanías iguales
opaco

te he visto tenebroso, rumiando
memorias atávicas, rencores
escupiendo peñascos de coral y concha fósil
como se escupe el hueso de la fruta

…y he sido
contigo



EL BUDARE


Metáfora de identidad nacional

Pongo el budare en la hornilla mientras preparo la masa: el ojo calcula la cantidad de agua y la sal, se mezclan los ingredientes hasta conseguir la consistencia adecuada cuando los granos de harina se hinchan al hidratarse. Hay que dejarle tiempo de que la masa se hinche y se asiente, para que quede suave y las arepas no se cuarteen. Mientras tanto, una gota de aceite sobre la plancha de hierro caliente. Extiendo la grasa con la espátula, pero la superficie no está lisa y uniforme, hace meses que el budare se descascara en lajas negras, como si tuviera una extraña lepra.

Presa de un furor purificador (dicen que ocurre con las neuras), arremeto contra el budare, separando la capa más superficial. Ahora entiendo lo que pasa: no se trata del budare en sí, de su material intrínseco, que es hierro puro, sino de una capa carbonizada de años y años de grasa quemada y requemada, día tras día, hasta adquirir el color y la consistencia del hierro renegrido: está íntimamente unido a él, formando un solo material. El budare que uso es una unidad compuesta de plancha de hierro circular, unida a múltiples capas superpuestas de grasa solidificada.
Mientras descascaro el budare, me siento como una antropóloga sentimental: estas hojuelas de carbón vegetal representan… ¿cuántas generaciones de desayunos criollos?

Este budare era de mi abuela, mi mamá se quedó con él cuando no mudamos a esta casa.
Ahora lo uso yo, y pienso seriamente llevármelo si es que tengo que mudarme de país. Parece una locura, cargar con una plancha de hierro colado, pero está impregnada de historia familiar, de la más cercana, la que es menuda y cotidiana.

Tres generaciones de mujeres preparando arepas cada día.
Reconforta la idea de que este objeto humilde ha estado presente en unos cuarenta años de historia familiar. Sería más fácil comprar uno nuevo, pero no sería lo mismo.
No tendría la misma carga (literalmente: los nuevos parecen más livianos).

En esta grasa carbonizada hay tres generaciones de mazeite, el aceite de maíz que por cierto en estos momentos escasea, porque inexplicablemente los tiempos de la revolución están ligados a una escasez de productos de consumo básico (arroz, leche, huevos, aceite, azúcar, carne, caraotas).

De pronto me doy cuenta de que esto es ser venezolano, este es el signo de venezolanidad que habíamos estado buscando, lo que nos define (lo que elegimos que nos defina entre posibilidades que nos interesan menos como el miss Venezuela, el petróleo, la revolución bolivariana): tener un budare de hierro (¿dónde los hacen?) de varias generaciones, que se arrastra de una mudanza a otra porque es un buen budare. Un buen budare es un budare que está bien curado. Curar un budare requiere aceite, llama y paciencia. En el proceso se produce un hollín negro que debe ser muy bueno para pintar, ahora que lo pienso: puro hollín de maíz. Un pigmento latinoamericano.

Tengo un pote medio lleno de lo que le saqué al budare: tantos gramos de unos cristales de carbón, que se parecen extrañamente a la sal de una playa de Hawai, que vi ayer en casa de una amiga: una sal preciosa, traída de una boutique de exquisiteces en Londres. Ahora que las sales exóticas están de moda.


PLEGARIA A JUAN DE LA COSA

A quién ha de importarle
la hora de mi llegada
en el persistente zeppelin del desarraigo
ni la primera bocanada de humedad
y ardor supraecuatorial al poner pie
en la escalerilla del tiempo de las sombrereras
Entramos a la ciudad en cadillac
por la autopista de neones rotatorios
tenía ventanas automáticas
el mundo se estaba trastocando por completo
nunca volvería a estar erguido sobre sus tortugas

Mientras Tanto duró lo suficiente
para Tiodosio y sus caballos lentos
aprender a comer plátano con arroz
encaramada en un mango leer
Aeropuerto sí tiene sabor
toda una mujercita
Mientras Tanto duró poco si se mira bien
se acabó el segundo reino de la luz bruñida
para reanudarse la mudanza que no acaba
amanecimos en la quinta casa y no fue
la última

La primera fue en un palacio ya lo dije
donde inauguro artes de nieve
blanca en la cabeza del mundo
En la segunda casa sonrío con timidez
el cerezo preparaba la fiesta de los cuervos
en el sótano se agriaba el fruto de la nuez
destilando su sombra sobre los cimientos
En la tercera
un sauce llorón y detrás los campos
el gran dios Pan al acecho en un paraje oscuro
allí la cicatriz número uno
en la mano izquierda

Sólo persiste la casa convencida de tesoros
la última está por llegar




La mejor patria es un jardín

Cómo se abrazan fracaso y triunfo

Cada hormiga con nombre y apellido

buenas cosas que hacer con libros

Del ADN de cada casa

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